Hoy hace un día espléndido.

2017 Jun 14
Poema Escrito por
Franlodel

¡Hoy hace un día espléndido…!
_____________________

¡Hoy hace un día espléndido, maravilloso! La mañana está radiante y su luz lo inunda todo. Me siento feliz y con ganas de hacer muchas cosas..., escribiré la historia más bella que jamás se haya escrito... ¡Soy el mejor escritor del mundo! —Exclamé, mirando el cielo desde la ventana de mi habitación.

Bajé las escaleras poco a poco -seguro de mí mismo-, como lo hacen los toreros y los altos dignatarios: con la cabeza alta y el pecho henchido, encogiendo el vientre y achicando el tafanario… y después de tomarme las pastillas, de lavarme y afeitarme, me dispuse a escribir un rato.

—¿Qué escribiré…? - Me pregunté desorientado… Y me empecé a masajear las neuronas de mis sesos para intentar concebir alguna historia que fuese interesante; pero al parecer, mis musas estaban de vacaciones, o vagando por el cielo con mi numen y mi estro, sin pensar en absoluto en las inspiraciones.

Después de revolar por el aro de mi limbo, sin hallar ninguna historia que fuese interesante - decepcionado por mi escasa lucidez y falta de oficio-, empecé a ponerme muy nervioso y preocupado. Me levanté y empecé a refunfuñar por todos los rincones de mi casa, maldiciendo aquella situación completamente enajenado, mientras retumbaban en mis oídos las voces de los frikis de Telecinco y las continuas disputas de mi hija con mi esposa y con mi nieto, que hacía muy poco que se habían levantado.

S

in pensarlo, me fui al televisor echando chispas como un rayo, y cogiendo el mando con furor -como se suele hacer en estos casos-, lo dirigí violentamente a su pantalla y lo apagué diciendo: ¡Cretinos, subnormales, iros a freír espárragos...!
Cuando de pronto, (como si fuese una tigresa, o una leona herida), se me abalanzó con sorna mi mujer, clavándome en los ojos el puñal azul de sus pupilas, mientras me decía: “¿Pero cariño, por qué me apagas el televisor, no has visto que lo estaba viendo yo…?” ¡Bueno mujer, no te enfades por favor, que hoy estoy de mala uva y lo puedo pagar contigo...! ¿Verdad que lo entiendes mi amor?”— Le contesté en el mismo tono y con la misma sorna…

Y me fui al jardín a oler la yerbabuena y el perfume de la albahaca… y los jazmines blancos y los claveles rojos…, y el olor intenso del romero florecido, y la sutil fragancia de las rosas, del tomillo y de la jara.

Una vez tranquilizado por la sensatez de mis racionamientos, y el influjo lenitivo del olor de aquellas plantas, me desayuné unas tostadas con café con leche y me senté de nuevo frente a mi ordenador, para ver si escudriñando en los grandes almacenes, de esa cosa que se llama Google, conseguía encontrar algún escritor importante, que, con su reconocida escritura, me volviese reencender las bombillas de mis luces… y me puse a leer Cien Años de Soledad de Gabriel García Márquez:

—“¡Cómo escribe este gachón!… ¡Si yo fuese capaz…!” -Exclamé alucinado al leer la prosa de su maravilloso libro.

Ilusionado y autoconvencido, de que yo también era capaz de escribir de aquella forma tan fluida y perfecta, me lancé envalentonado, en un ataque de soberbia, con mi inexperiencia al ruedo, y empecé a deambular como un alma en pena por los medios de su arena y sus rojos burladeros, al no poder hilvanar una historia que tuviese un argumento… Hasta que de pronto, (cuando estaba a punto de tirar el capote y la montera), me levanté como un resucitado y grité diciendo: “¡Eureka, ya lo tengo… escribiré sobre el mar y los placeres del verano, cuando regrese al mediodía de la playa…” Y es que al parecer, una de mis musas, -la que conozco más por haberme socorrido algunas veces-, había regresado repentinamente de sus vacaciones veraniegas, y al verme así -tan triste y preocupado-, se puso a encender las lamparillas de mi fantasía y a enchufar mis oscuras circunvalaciones cerebrales, que con el uso cotidiano y el paso de los años se habían desenchufado…Y me fui con mi familia a la playa de Torredembarra, donde tengo una casa y solemos veranear todos los años.

Cuando estaba sentado frente al mar, con mis doradas RayBan y mi gorra colorá, bajo la sombra de mi parasol y el influjo embriagador de la espuma y de las olas, empecé a reparar en una serie de personas que pasaban paseando por allí: “¡Ay qué ver qué horrible es esta tía… y éstos dos, qué tiesos y carcas que van… y esta mujer tan mayor, no le da vergüenza de ir mostrando sin pudor sus enormes tetas, con lo arrugadas y flácidas que están!…”— Murmuraba mientras me tomaba un buchito de agua fresca y me levantaba de vez en cuando, para observar con discreción y disimulo, a las personas que estaban a mi alrededor.

A mi izquierda, -según se mira el horizonte-, había una estrambótica pareja de extranjeros, que me causaron mucho interés, por ser más blancos que la leche entera y por estar tomando el sol sin descansar. El hombre -que parecía por su especial anatomía un camarón de Huelva-, estaba completamente esparrancado, tendido sobre su toalla verde, con las piernas formando una uve y los brazos bajo su cabeza, exponiéndola someramente al aire, como un melón de guardar, de los que se comen por las Navidades… mientras que a su lado, su mujer, blandía con estilo y desenfado, un inmenso par de tetas tersas, como si fuesen bellos estandartes, o banderas suecas o francesas, hornadas con blasones esmaltados, bordados en plata fina, sobre campo azur y flor de lis…
Y a mi diestra, -poniendo como referencia mi viejo corazón-, había otra pareja, aparentemente mucho más discreta, que me produjo una asaz sorpresa, por el hecho tan insólito y extraño, que os voy a relatar a continuación:

Bajo un inmenso parasol, lleno de soles y de rayas gruesas, que subían y bajaban formando una espiral, tenía esta pareja entre sus muchas pertenencias un cochecito de niño chico, donde pensaba que tendrían a su hijo, para protegerlo de las miradas indiscretas y de una posible insolación. El marido, que era un hombre fuerte, con el pelo crespo y una barba espesa -parecida a la que llevan los Hípster-, solía meter de vez en cuando su mano dentro, para acariciar a su pequeño hijo, diciéndole frases cariñosas como… “¡Churrichurrri, cariño mío… Ay qué bonito que es mi bombón!”.

Mientras lo hacía, yo le miraba ensimismado, al ver con qué delicadeza lo trataba y su comportamiento tan tierno y paternal… Cuando súbitamente, me quedé petrificado, al ver con gran sorpresa, cómo por un agujero de la parte delantera, asomaba su cara un magnífico ejemplar de gato persa, con unos tremendos ojos y un mullido y redondo cabezón, maullando como un desesperado y mostrando su delgada lengua roja, como si estuviese pidiendo su ración de leche fresca, directamente de la teta o metida en un tazón… “¡Joder! –pensé…, ¡pero si el niño es un gato... ay qué ver cómo se está poniendo el mundo, esto no hay quién lo arregle Señor!” ...Pero mi extrañeza se agrandó hasta lo infinito, al contemplar espeluznado, cómo después, le empezó a dar repetidos besos en la boca, como si fuese su pareja o su amante seductor. Sonrojado por aquella situación, volví la mirada otra vez para las olas, pensando con gran preocupación, cómo en este mundo tan absurdo, hay gente que prefiere, por desgracia, gastarse el dinero con los animales, antes que hacerlo con los pobres y sus semejantes.

Al cabo de un buen rato, después de haberme bañado y reflexionado sobre aquel asunto tan estrafalario, se cruzó ante mis ojos una pareja de ancianos, andando por la playa cogidos de la mano, mirándose como dos enamorados: “¡Cuánto tiempo llevarán unidos… cuánto amor y atenciones se habrán profesado… cuántas ilusiones y esperanzas, tristezas y alegrías, habrán compartido los dos! ...” – Pensé mirando a mi mujer de soslayo…

Pero lo que me hizo llorar y sentir una emoción inconmensurable, fue cuando contemplé con gran dolor, el descomunal esfuerzo que hacían unos padres, al intentar levantar de su coche de inválido, a su pequeño hijo, con paraplejia total… cogiéndolo como podían por los brazos y las nalgas, como a un crucificado descendido de su cruz, para llevarlo hasta la orilla, a que se pudiese bañar. El niño no se podía mover. Tenía todo el cuerpo inerte -completamente lacio-, y sus piernas las iba arrastrando, dejando a su paso dos profundas huellas, como si fuesen los surcos de un arado labrando la arena del mar.

Le estuve mirando en silencio -como se mira a Dios cuando le hablas a solas-, y pude ver, que detrás de su tragedia, y de la enorme mueca de su faz sin expresión, había un ser inocente con una bondad infinita, que se traslucía en su mirada, más limpia y clara que la luz del sol…
Elevé la vista al cielo para preguntarle algunas cosas, y después me quedé mirando fijamente el horizonte, sumido en el silencio y en una profunda emoción… Y en aquel instante, supe, que la importancia y la belleza de esta vida no está en las cosas grandes ni en las más hermosas, ni en los días luminosos y las noches estrelladas, ni en los bienes que nos conceda Dios…, sino en el coraje y en el esfuerzo para vivir todos los días, en el alma de la gente humilde, en la aceptación de nuestra realidad… y sobre todo, en algo tan trascendente que se llama amor.

Guardé los trastos y me fui a mi casa, para empezar a escribir diciendo:

-Hoy hace un día espléndido…, maravilloso. La mañana está radiante y su luz lo inunda todo. Me siento feliz y con ganas de hacer muchas cosas, ¡soy el hombre más afortunado de la tierra!… ¡Escribiré a partir de ahora con mi ejemplo y con mis actos, la historia que nunca supe escribir!… Empezaré por desposeerme de toda mi soberbia, por llenar mi corazón hasta los topes de esperanza, ilusión y amor... por hacerme amigo y compañero de los pobres, y llanto y paño de su tristeza y dolor… y después, ascenderé, con este bagaje en mis alforjas, hasta la Playa Eterna…, allí donde se junta el mar con el cielo y con la tierra, y no soplan el viento ni rugen las olas … y pasa la gente andando lentamente por su orilla, con su alma en ristre, dejando atrás la estela de su historia y su propia realidad…!-

Autor: Francisco López Delgado.
Todos los derechos reservados.

2017 Jun 14

Franlodel
Desde 2016 Jun 01

Conoce más del autor de "Hoy hace un día espléndido."