Eterno.
Con esa imagen de una
reunión familiar,
después de una caminata
en honor de mi hermano
Alberto, fallecido
hace tiempo ya:
Eterno.
El que no se necesita,
ni se obsesiona.
El que se habita,
se vive y se disfruta.
Y por ser universal,
se entrega a toda
persona de bien,
sin distinción,
sin barreras, sin condición.
El que está hecho
de generosidad,
de respeto, de empatía,
de verdad.
A él van estas letras,
como los versos
de una canción.
Una canción desnuda,
sin cadenas, sin temor,
sin necesidad ni obsesión:
Solo vuelo, solo entrega,
solo devoción.
Y si ha de doler,
como la tristeza,
el duelo, el sufrimiento
y, finalmente, la aceptación
que deja la pérdida
de un ser querido...
Que se sepa también:
quien ha de partir
su estado de plenitud
a otros deja,
y con él también se va.
Por ser así, una y otra vez,
generación tras generación,
eterno ante la presencia,
el tiempo y el cuerpo:
¡El amor!
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