El coraje y la luz, como la única salida.
En estas horas tan profundas
de la noche, cuando el silencio
ruge y la ambición descansa, son
infinitas las zozobras que
me agitan, los recuerdos que me
inundan, los temores que me
hieren y me embargan.
En estas horas procelosas,
donde la conciencia brota de
enorme azanca que se nutre
de los ríos que discurren por los
los páramos del alma…,
son infinitas las preguntas
que golpean los pliegues de mi
mente, los miedos que me azotan…,
los recuerdos que me turban y
me aplastan
Entre el pulso disonante de
la sangre de mis venas -y las
dudas que matan mi esperanza-,
está el coraje y la luz como
la única salida…, el halo
transparente que se abraza a mis
creencias y se dispersa en
el iris de mis ojos como una
blanca y fúlgida alborada.
¡Son infinitas las horas, el
tiempo, las dudas…, las sombras
que se agarran a mi frente, como
una vieja enredadera sin brillos,
ni tallos, ni hojas!
¡Son infinitos los intentos
en que mi alma busca una salida
y se muere en mi interior
sin encontrarla…!
Me pregunto dónde vive la
entereza, el denuedo y la
ilusión para conseguir las
ganas de vivir, la alegría,
la ventura y el amor…
Y encuentro la respuesta en un
bello poema de José
Luis Martín Descalzo, un docto
sacerdote y periodista,
que guardo desde tiempo en lo
más hondo de mi corazón:
“Nunca podrás, dolor, acorralarme.
Podrás alzar mis ojos hacia el llanto,
secar mi lengua, amordazar mi canto.
sajar mi corazón y desguazarme.
Podrás entre tus ojos encerrarme,
destruir los castillos que levanto,
ungir todas mis horas con tu espanto.
Pero nuca podrás acobardarme.
Puedo amar en el potro de tortura.
Puedo reír cosido por tus lanzas.
Puedo ver en la oscura noche oscura.
Llego dolor, dónde tú no alcanzas.
Yo decido mi sangre y su espesura.
Yo soy el dueño de mis esperanzas.”
Autor Francisco López Delgado.
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