AMOR Y DESAMOR
Se acercó a mí un jovenzuelo
y me dijo: “¿qué es esto?”,
poniendo ante mis ojos
el viejo rostro del amor.
¿Qué podía yo decirle?
Yo no sé lo que es
el amor tampoco.
Tal vez sean unos labios
bañados en las rosas
de ausentes primaveras,
adornando adustos muros,
o enfebrecidos soles
asomados a los nevados picos
de inaccesibles montañas.
Quizás, ¡miradlo bien!,
en alguna de sus mejillas
haya abierta una festiva ventana,
o una dolorosa herida, por donde
podamos conocer algunas de sus cosas.
Acaso sea un capricho de la vida,
el dueño de nuestra esperanza,
la savia que conforma nuestra sed de verdad.
¿O quizás un principio inestable
que desbroza la hierba
-las hierbas grandes y pequeñas-
y humedece lo que se arrastra bajo ellas,
aroma lo que vuela sobre ellas,
para así impregnarlo todo,
para robarnos el corazón a todos?
¡Oh, amor enraizado,
me pareces una distraída hoja
que hasta mí llega, volando
desde el comienzo de los tiempos!
Tal vez tengas vocación de jeroglífico:
despiertas el corazón dormido,
humedeces los resecos labios,
agrietas las confiadas lenguas,
contorsionas el corazón de las gentes…
¡Porque tú eres la madre de todas las ausencias!
Sin embargo, en esta gris mañana,
parece que el rostro de la muerte
apagase el blancor de tu luz.
Es una muerte callada, oscura,
demasiado oscura para nacer de la verde
y rugosa cáscara del mundo.
Escucho tantas voces que gritan,
tantos hombres con gestos descompuestos,
tantas mujeres que no tuvieron infancia...
¡Y aquellos niños!,
¿cuál es su nombre?
Quisiera poder adivinar
lo que gritaron sus rosados paladares
mientras caía la pelusilla de sus labios
y se ahogaban, atados a un pañuelo,
viendo, impotentes, cómo una recia mano
destrozaba sus inocentes pechos
y hacía trocitos su corazón
a despiadados golpes de pico y pala.
Decidme,
¿lloráis quizá a los recién nacidos,
firmes promesas para el regazo de sus madres,
que llegaron pero al poco se fueron?
¿Tiene algún significado
permanecer aquí, esperándolos?
Pequeñas motas de polvo,
zigzagueando en el oro de la tarde,
nos enseñan que lo permanente no existe.
Si alguna vez reinó,
fue sólo para reírse de la vida
-de la vida de los jóvenes,
de la vida de los viejos-,
tan fugaz como el eco de la noche.
Por eso te digo, inquisitivo joven,
que las risas del amor sólo se escuchan
en unas zonas precisas,
agrestes y mucho más lejanas de
lo que nuestra buena voluntad deseara.
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