Mi alma...Sobre Baldosas Negras...
Mi Alma, sobre baldosas negras (Leonardo David Paniccia)
Las horas en los relojes se hacían pesadas y lerdas en aquella ciudad. Ciudad fría y sombría, dueña de mil lunas que esconden secretos y cuentan las almas ciegas desfilar por los patios y tejados…en busca de alivio eterno….
Era uno de esos bares gastados, trillados, encuentro de cuerpos toscos, vacíos, embriagados.
En el fondo de sus rostros se apreciaban ojos ciegos, desvelados, traicioneros la mayoría.
Era un bar de esos que el tiempo no deja nunca su huella, nunca. Una pequeña puerta de madera casi podrida entre abierta, y un puñado de mesas al costado de la barra. Pocas luces, más bien casi a obscuras. Paredes con humedad, manchadas, cortinas negras colgaban del techo, desgarradas muchas, y un cielo gris de humo era el increíble panorama que brindaba esa espesa atmosfera, más espesa que nunca aquella noche.
Vivian allí mesas de madera obscura, y sus patas de un color más abscuro aun, con algunas cicatrices regaladas por los años. Cuantas historias han sufrido, cuantos rostros desanimados han reanimado, o en el peor de los casos, cuantas veces se han hundido, junto a sus jinetes ya sin alma con olor a ginebra, de ron, de tabaco.
Con fatiga y desgano un reloj lejano marca las cinco de la madrugada y es ahí donde me encuentro yo, despierto, aterrado, casi sin levantar mi rostro diviso cada detalle antes narrado. Las cinco de la madrugada y ningún cliente en esa pocilga. Costo abrir enteramente mis ojos, y más aún por ese penetrante humo que infectaba toda la sala. Sentí un terrible frio y fue anormal, nunca antes había sentido esa sensación.
Bendita fue la conmoción de comprobar que estaba solo, al menos hasta ese momento. Un zumbido constante viajaba entre las mesas, y yo inmóvil, viendo vagar mil preguntas por mi cabeza. A veces incluso sintiendo que no era del todo yo.
El frio inmutable y decidido ya había invadido todo mi ser. Mi garganta estaba helada. Mis manos, caídas y pesadas, ya no podía controlar.
Seis de la mañana cantaba el reloj, ahora más fuerte que nunca, un ensordecedor tic tac que enveneno la sala. Mis oídos casi no lo soportaban..y luego cesó.
Hubiese continuado mi alivio si no hubiese visto lo más espantoso que pudiera yo contar. Detrás de la segunda mesa delante de mí, en el suelo de baldosas pequeñas, negras baldosas, yacía una persona.
El terror no me dejo mover, ni por un instante, ni un centímetro. Yo observando, estupefacto, a esa persona sobre las baldosas, negras baldosas. Ese cuerpo vestía un saco pardo, raro saco pardo, como los que visten los coleccionistas de viejas prendas. Su cabello era castaño, desprolijo. Ojos completamente abiertos, mirando hacia mí, mirando directamente hacia mi ser, ojos espantados, ojos llenos de espanto como si hubiese visto el mismísimo diablo. Sus zapatos eran de un viejo descosido, manos gastadas, roñosas, ásperas. Y lo que me dejo sin aliento fue ver su garganta, abierta por el deseo y acto de un filoso cuchillo, o navaja, o instrumento, y la sangre aun brotaba haciendo diversas figuras en esas baldosas, negras baldosas.
Supuse que ese viejo muerto había sido el destino de alguna especie de pelea, frecuentes en estos bares de personas frías, llenas de nada, con ganas de perderlo todo, incluso su vida, única posesión. Supuse que había sido el fruto de la rabia, desesperado acto, títeres del alcohol. Supuse también que esa persona no valía nada, pues se encontraba sola, desprolija, indigna de sí misma.
Luego de largas conjeturas escuche pasos que venían desde afuera, unas linternas alumbraban desde la parte exterior a esas cortinas que ahora el viento hacia bailar. En las baldosas, negras baldosas, se podía percibir el retumbar vibrante de mil pasos acercándose a la sala, acercándose a mí, el sonido era perpetuo.
Una decena de hombres con sus manos ocupadas sosteniendo objetos filosos se acercaban. Sus alientos de fuego reflejados en la luz de sus linternas hablaban de venganza. Y yo inmóvil, una incertidumbre de repente me invadió. Mis labios helados, el mundo se detuvo otra vez.
No puedo afirmar si fue instinto o supervivencia, pero mi cuerpo con un impulso sobrenatural salto entre las mesas, acto que no provenía de mí, fue una fuerza extraña nunca antes experimentada por mi ser.
Los justicieros entraron inmediatamente a la sala, con naturalidad alumbraron al cuerpo que yacía muerto casi debajo de la última mesa contra la pared, y esperaron inmóviles, buscando por cada rincón de la sala. Sus ojos sorprendidos, su ira a flor de piel.
Sentí que era mi hora. Ahora quizás sí.
No me pregunten como pero, tras aquel salto, mi instinto me llevo a esconderme en aquel cuerpo de roja sangre, fue un instinto extraordinario, sentí que era el escondite perfecto. Concebí una paz inexplicable y una tibieza verdugo de aquel frio penetrante. No me pregunten por qué pero aquel escondite entre sus carnes, sobre las baldosas, negras baldosas, me sentaba muy bien.
Volví a ser yo…y aquel viejo repugnante, aunque ya muerto, volvió a ser el. Volvimos a ser uno mismo otra vez.
(Leonardo David Paniccia)
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