EL ESPEJO
EL ESPEJO I
La pesada puerta de rejas que se serró con estruendo detrás de él, sonó como un disparo que lo hizo saltar y encorvarse; el guardia que lo acompañaba apretó un poco más la mano sobre su brazo y lo guió por un largo pasillo de altas paredes pintadas de gris; la pulcritud de las baldosas blancas y el alto zócalo esmaltado, le recordaron a esos lugares donde se faenan animales; entonces se sintió así, se figuró que era uno de esos becerros que son jalados con una soga prendida de un anillo en su nariz, para llevarlo a donde sería sacrificado.
Los pasos retumbaban en las paredes y en el alto cielorraso, su respiración agitada, la tos de fumador de su acompañante, la gabardina de los uniformes, todo sonaba distinto, todo sonaba a encierro, a vacío, aquello era como esas cajas que hay en los cobertizos, donde se desechan las cosas inservibles; esas que una vez que caen allí son olvidadas para siempre.
Casi inconscientemente sus pasos se hacían un poco más lentos, como tratando de retardar la llegada a la próxima reja, que seguro sería la entrada definitiva a su encierro, el guardia casi tiraba de su brazo haciendo que apurara el paso. Ya le faltaba un poco el aire, y el olor; era una mezcla de cloro y humedad, se dio cuenta que a ese lugar no entraba nada que se pareciera ni un poco a la libertad.
Por un momento recordó su casa, el ventanal por donde entraba el aire fresco con olor a pasto mojado y el canto de algún pájaro, mientras el escribía algo en su antigua Remington Rand del 49; el sonido seco de las teclas y el golpe de las letras sobre la cinta entintada, la campanilla sonado al final del recorrido del carro, le ponían cierta mística al momento, y ese perfume a café que inundaba la cocina.
La última puerta se abrió, lo saco de su recuerdo y lo trajo de vuelta al matadero;
Un juez le había tirado sobre la mesa pruebas irrefutables; un manuscrito donde se detallaban con precisión los asesinatos que lo condenaban. Como explicarle a alguien que solo puede ver con sus ojos y tocar solo con sus manos, que él solo jugaba con la imaginación y que lo que había en esos manuscritos era solo el experimento de un escritor.
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Cada reja, cada sello, cada candado, era como un escalón más de una escalera que descendía hacia un pozo de donde le sería muy difícil salir; entonces recordó un versículo de la biblia, que había escuchado de niño en la iglesia “Atadle las manos y los pies, y echadlo a las tinieblas de afuera; allí será el llanto y el crujir de dientes.”; sintió frío y ya no vio ni escucho nada más hasta que el guardia le soltó el brazo y con una mano en su espalda lo empujó suavemente hacia el interior de su celda.
continuará
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