Yo y Felipe el Gato.
Estaba la estación vacía, el mundo parecía muerto, había un insoportable olor a muerte, enfermedad y vejez, solo yo estaba ahí, solo yo y Felipe mi gato, solo él y yo esperando el tren de color rojo del que tantos hablan.
Recuerdo que yo nunca fui malo, o no antes. De pronto me perdí, y no he logrado encontrarme. Hubo un tiempo que yo era ese cambio que el mundo necesitaba, de pronto empecé a ceder, a prostituir mis ideas, mi calor. Lo que me hacía bien murió, ya no era el mismo, solo era la triste sombra de lo que fui. Y aunque a veces despertaba de nuevo ya no lograba mantener la llama viva, se extinguía, ahora solo vivía de momentos donde se prendiera, y eran breves.
Esto fue lo que pensé de mí mismo, solo un tipo que pudo ser real y se le pasaba escapando de las manos la realidad. Por eso decidí tomar el tren, por eso necesitaba irme, ya no tenía nada que valiera la pena o que no hubiera destruido, excepto Felipe. El creo que, si me entendía, el veía que sufría por mi debilidad, pero veía que no dejaba de pelear.
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