Trató de hacerse más pobre, más pequeño..
San Martín de Porres nació, vivió, murió en Lima, Perú,
cuando el Imperio era grande.
Fue negro, indiano y mísero
por vida y vocación de oficio.
Y elevado a la dignidad de los altares
no pareciera muerto todavía en América.
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Trató de hacerse más pobre, más pequeño
ha de poder barrerse con la escoba
para rodar entre los pasos de los hombres
convertido definitivamente en polvo, en miga,
que no pudiese nadie verlo
y aún con él se sostuviese el Universo entero.
Se condenó a sí mismo a la miseria
de ser el único despierto
cuando todos los demás están dormidos,
para esperar que Dios entrase en el convento
a conversar tres horas por la tarde
o en plena media noche en Lima.
Así fue como huyó de su destino
que habiéndolo nacido negro, indiano y mísero
lo devolvió negro, indiano y mísero
para mayor gloria de Dios que está en las nubes
desde dónde se asoma en ocasiones
a mirar los desatinos de los hombres.
Pero el otro Dios, el cualquiera
que viene en las horas pacíficas y en las tormentas
agitando su vara de manzano
y dando luces y arrullos de palomas
dicen que lo acompañaba a orar frente al altar
en media noche, y día bajo la escalera.
Los hombres lo elevaron en la muerte
con adornos de piedra bendecida
aligeraron el peso de sus manchas;
esclarecieron lo oscuro de su vida
y el sol vino a dormirse en sus altares
como una paloma dolorida.
De aquel difuso tiempo viene
una voz ancestral que nos repite
que hoy y mañana la bondad se cuece
en los actos nimios de la vida.
Hay quien puede domesticar el día
y llevarlo prendido en la cintura
como un bolso repleto de costumbres.
Si aquella fue su vida, esta es su muerte
que la piedra pulida y la madera
florecieron de adornos, ya reliquias.
Y aún con el peso del siglo pareciera
en la luz de la estatua que pregunta
todavía, hacia el cielo, la miseria.
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