Soledad.
Y ahí estaba él, con una copa en la mano, un cigarrillo entre los dedos y una inmensidad de pensamientos; se arremolinaban en la mente, se hacían cúmulos y explotaban como una supernova. ¿Cuál era la fuente de aquella desesperación? Solo se veía difuminada, flotando en medio de la habitación atestada de humo y oscuridad.
El viento soplaba, pero el humo no alejaba, en vez de eso se hacía cada vez más denso, llenando lenta y sutilmente cada rincón de entre las cuatro paredes, dejando sin espacio al pobre diablo.
El ron se agotaba y la cajetilla también, la noche tornaba más negra trayendo melancolía, la piel se le erizó al distinguir levemente la silueta de ella, la soledad.
No supo cómo y en qué momento sucedió. Sólo sintió la pesadez en los ojos y esas ganas de que todo acabase, de que un puñal atravesara su inerte corazón y liberara esa alma aprisionada.
Un rayo tenue de luz lo despertó de ese letargo; dolor de cabeza y la boca seca fueron los primeros síntomas. Levantó leve y brevemente los párpados, el ardor en los ojos era testigo de la confusa noche y del resplandor que ahora lo encandilaba.
C
Jorge Tapia
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