PAISAJE
Siempre el paisaje es el mismo. Nada urbano.
Será que de tanto naufragar palabras en el polvillo contaminante de la ciudad, el espíritu escapa a regiones indiferentes a todo lo humano.
Allí donde el ego se disuelve en la totalidad, todo toca y ya es tocado.
Con el ansia desnuda, deshecho el temor al juicio y la condena, los ojos se cierran por breves minutos y se hace entrega de todos los sentidos: escucha la voz profunda del mar reventando en la piel de las arenas, los susurros de fondo que pocos perciben cuando las arrastra a su vientre; siente la brisa de esta hora, enredándose tímidamente en los cabellos, como una mano en la ternura; el olor del salitre aspirado a pulmón lleno, penetrando cada poro, exorcizando todo dolor. La mirada se prenda de la luz que apenas asoma por detrás de la montaña y al planeo de dos aves que patrullan la superficie inquieta de las aguas
Los brazos se abren pretendiendo abarcar el paisaje que remueve todas las emociones libres, plenas a que aspira el ser. Quiere devolver en el gesto la gratitud de haber sido rescatados del oprobio urbano. Todo pensamiento se desvanece en su prepotencia y surge la pregunta con respuesta absurda y no hay manera de entender la causa del sufrimiento sostenido. Se eleva y cubre como el día, la absoluta necesidad de permanecer aquí.
En este punto apareces tú: el elemento que faltaba para estar completa.
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