Lo que nadie ha de leer.
Oh, triste agonía la que hoy me invade; oh sufrimiento desaforado e inevitable el que hoy viste a todos mis sentidos. Oh, pasión cautiva, tan grande, tan gigante y fastuosa, has una tregua con la voluntad, dile que deje su orgullo y su miedo ¡para que tú puedas escapar de las garras del olvido! Y claro, de la soledad.
No quiero hacer poesía, bueno, ni siquiera es poesía lo que escribo; mi único menester aquí es plasmar de la manera más fiel posible cada uno de mis sentimientos. Me aventuro, pues, a conocer sedantes que me priven del dolor cognitivo; esos sedantes no se consiguen en el plano físico sino en el plano intangible, en este caso y en contra de las cuitas que a mi pecho se arraigan, la imaginación es aquel recurso, aquella droga.
¿Para qué vivir en este mundo de traición, de injusticias, de aflicciones, si se puede sujetar un lápiz y adentrarse en la perfección de mundos completamente desconocidos?
Ahí está mi libertad, en la beldad de un lápiz y una hoja en blanco. De esta forma, sólo aquellos que tengan el mismo problema, me han de entender, tal cual alguna vez lo dijo Vicente Fernández. Muchos podrán pensar que me gusta evadir la realidad, que me gusta ser indiferente, para nada, siento en carne viva las heridas de la vida al igual que medio millón de planeta, pero seamos sinceros:
¿Quién no tiene derecho a cambiar su mundo a través de irrealidades?... yo solamente escribo por una sencilla razón: para olvidarme de que en ningún pensamiento, mi presencia es un recuerdo.
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