Llévame
Sigilosa, entro en el jardín del olvido, adonde estarán los fantasmas que habitan en mi.
Clamo su presencia nítida, inexplicable.
Oh, espíritus vengan, limpien con agua bendita, la corporeidad parduzca de mis entrañas maltrechas, desvaídas.
Llévenme a la primavera anticipada del invierno eterno.
Llévenme al sueño profundo de la muerte blanca, hacia el letargo del limbo.
Quiero levitar entre los atajos y caminos suyos.
Oh, tristes espíritus, llévenme con ustedes.
Veo y no veo las olas del mar purpureo que se cierne junto a la gran muralla.
Veo y no veo lo que existe.
La tierna damisela se encargó, las yerbas limpias convirtieron en agua lo inevitable, lo incorruptible corrupto.
La tierna dama herrumbrosa oliendo a jazmines se encargó de llevar de mí, lo bueno y lo malo.
La tierna damisela se encargó de llevarme lejos.
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