La esperanza
A pocos sentimientos de la angustia
se esconde ilusamente la esperanza.
Se oculta pues se sabe perseguida,
desestimada por el cruel orgullo,
odiada por la racionalidad,
irrespetada por el miedo absurdo
y blasfemada por el necio pesimismo.
Ah... pero de todos mis sentires
yo admiro más que nadie a la esperanza:
nutriéndose de cualquier argumento,
haciéndose más fuerte al ocultarse
y convenciendo a aquellos, los más débiles,
nómbrense: dudas, deseos, arrogancias,
para formar su propio ejército de amenos
estados psíquicos propensos a alegrarse,
y entonces, al saberse ya invencible
arremete contra las negaciones,
en un único encuentro tan intenso
que no quedan ya muros de prudencia.
Abre el dique y pasea por mi cuerpo,
y comienza a colmar todos los rincones,
y recorre cada arteria, cada músculo,
y se vuelve irreflexiva y altanera,
y dirige las acciones y los gestos,
contabiliza ingresos y salidas
para lograr su último objetivo:
transformar los posibles en certezas.
Sólo entonces se apacienta complacida,
y me devuelve la paz conmigo misma,
y me obsequia con su último milagro:
esa insufriblemente autónoma sonrisa.
Por eso yo la quiero a la esperanza,
porque la veo escondida y da ternura,
porque la veo descalza y precavida,
pero más por saberla cavilante,
más por la insinuación de picardía...
porque detrás de la aparente calma
sé que planea su próxima conquista.
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