Inventario
Tengo unos versos quiméricos
para dinamitar lo viejo
y hacer un camino de girasoles resplandecientes
en el jolgorio de las primeras luces.
Un encono amarrado a la cola de la poesía
para fustigar a boca de jarro
contra los poetas que cantan como pájaros.
Una profesora atronadoramente brillante
pero me enseñó más que la universidad.
Unos amigos cultivados
a base de amaneceres y reyertas.
Una familia añorable
que nada tiene que ver
con la sangre que compartimos.
Un dolor sin fondo de aquel marzo rojizo
que mora lo más recóndito de mi ser
y que sale a la superficie de vez en cuando
no sé si a respirar aire puro o a dejar constancia de su existencia.
Un vahído litigante
cuando alguien se balancea cómodamente
sobre sus certidumbres.
Una revolución interina
que da vueltas al espejo
y juega con mis sentidos
como un niño escudriñando en el armario.
Una estela sembrada
que en facetas distintas
extraño como condición
al aire que me quita.
Un montón de historias
como herencia
del desorden de lo que aprendo.
Un corazón altanero siempre a punto de vengarse
ante el turbulento viaje de mi entusiasmo.
Tengo las botas puestas,
la chaqueta al hombro
y la alegría en puerta,
que salvaje e indómita,
sale y regresa cuando le da la gana.
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