EL CUADRO DE LYRLA
Sí, he pintado entre palacios el retrato de Lyrla,
por eso recuerdo su aire altivo y extraño;
sin embargo fueron arduas mis luchas
tras las fronteras de aquella tierra,
hasta el punto de ser casi un extranjero,
alejado del cuadro y su cariño;
¡tan lejos del país de los sueños!,
con la sola promesa en su alma,
de volver a entonar alguna vez lo glorioso.
N
reflejando su faz matices de la mañana,
y el cielo cierto en sus ojos.
Algún tiempo, con la música del alma ,
se acurrucó junto a mí satisfecha,
para soñar las doradas edades,
cuando la vida no tiene rivales,
en medio de mundos de mil quimeras.
Y nuestro vergel fue la envidia enemiga,
hasta el tiempo de arduos combates,
enfrentando desaliento y olvido.
Fue una tarde con presagios lluviosos,
tras largos caminos sobre agreste montaña,
y a unos pasos de amigables baluartes,
su corcel de Lyrla derribado fue.
Hubo sorpresa entre los hados,
contemplando su herida hermosura,
sobre aquella senda de piedra y hielo.
No hubo siquiera tronar de la pólvora,
ni feroces arengas que claman batallas.
todos callaron, hasta los truenos del cielo,
pidiendo amparo contra su rojizo crepúsculo.
En vano clarines pidieron salvarla,
y voces mil ofrendaron lamentos,
alrededor de Lyrla, mi heroína.
Por la mañana se apagaba su luz,
al compás de lánguidos tambores .
No fue un espejismo lo visto y perdido,
sí algo que Lyrla hilvanó para la victoria,
en este pecho, con fulgores de inspiración.
Tiritaba la tarde sobre nuestras banderas,
y un manto luctuoso ceñía el cortejo,
pero mis brazos enlazaron su cuerpo,
abrigando una esperanza de resurrección,
y despojar del panteón su existir,
sobre aquel atrio del otro mundo,
Durante noches velé solo recuerdos,
mientras Lyrla seguía entre las tumbas.
Y atisbando misterios que no se pronuncian,
supe de Lyrla su rebeldía frente a la muerte,
porque no alentó ninguna resignación,
para entregarse a la mortaja de tierra,
Y en sueños vi que arañó su prisión,
para derrocar con su espada la muerte,
Me colmó la fe ciega y amorosa locura,
cuando rogué liberarla de los fantasmas.
El templo suyo en mi pecho sintió el vacío,
aunque latidos acompasaban mis penas,
tras mil rosas de multitud aceptando su adiós.
Entonces aborrecí aquél rito y campanadas,
que no pudieron eximirla de la muerte,
para verla respirar en la mansión de mi ser.
No sé cuántos años duró mi tristeza,
soledad de inviernos me alejaban del túmulo;
hasta que la piedad de otra estación tocó mi portal,
trayendo a mis ojos recuerdos de Lyrla,
y su retrato pintado en palatino jardín.
Entonces abracé la imagen junto al rosal,
contemplando otro estilo del existir;
un consuelo para mi humana congoja,
¡la flor de su belleza inmortal en el arte!
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