Una belleza dolorosa
Nosotras,
las que florecíamos al roce de unas manos que sabían nuestro nombre sin pronunciarlo,
vamos marchitándonos en silencio
cuando ya no nos buscan al caer la noche,
cuando el cuerpo deja de ser altar
y se vuelve sombra en una habitación vacía.
No se apagan de golpe las estrellas,
se van apagando una a una…
como lo hacemos nosotras
El abandono no siempre llega con gritos,
a veces llega con la ausencia de unas manos,
con el eco de una cama que ya no canta,
con el beso que ya no llega,
con el cuerpo que se duerme de espaldas,
mientras el alma se queda mirando el techo,
preguntándose en qué momento dejó de brillar.
Y así,
de a poquito,
dejamos de reír con los ojos,
de hablar con la piel,
de encendernos con la vida.
Nos vamos volviendo invisibles…
y eso,
eso duele más que el adiós.
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