La cama del niño
Más de cien almas vacías arrodilladas en el templo del engaño
pretenden burlar a la muerte frente a un pobre crucificado.
Mientras el bravucón blanco alza su voz
en medio de rugidos y padrenuestros,
un niño acierta su mirada en la corona de espinas
y reflexiona con inocencia sobre los límites de la vergüenza.
Pasa el tiempo y los cráneos cada vez más huecos,
rellenos, a presión, de un néctar paralizante
capaz de subyugar corceles indomables.
mientras vomite ríos de anestesia.
Ahora no hay más misterio que lo oscuro
ni más locura que el criterio.
Ahora te convierten en su esbirro,
mitad víctima, mitad bufón,
protagonista forzoso y público embravecido
de una obra con final trágico.
No tardé en coser las sábanas de mi castigo
para resguardarme del frío presente,
ya tomé a la sensibilidad como almohada
y los versos afilados forjan mi cuna.
Ahora el verbo se ha hecho cama
y sobre este lecho de estrellas
cultivo el glorioso tintineo del secreto robado.
Ahora puedo dormir sobre este poema.
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