GÓLGOTA: EL SILENCIO HERIDO DEL POETA
A las Tres de la Tarde, la cima del Calvario se yergue áspera bajo un cielo plomizo, el aire denso y cargado con el estertor de la agonía. El poeta, un alma errante entre la multitud doliente, escala la colina empapada de sangre y lágrimas. Ante la cruz erguida como un espectro de dolor, su aliento se quiebra.
Allí, suspendido entre el cielo y la tierra, el Hijo irradia una luz de sufrimiento inefable. Cada herida es un verso punzante, cada gota de sangre una metáfora de la entrega total. El poeta, acostumbrado a desentrañar los enigmas del corazón humano, se enfrenta aquí al misterio último del sacrificio.
Y al pie de la cruz, como una raíz tenaz aferrada a la roca del dolor, la Virgen. Su rostro, surcado por el arado del sufrimiento, es un poema mudo de amor y pérdida. Sus ojos, dos luceros apagados por la noche del Calvario, reflejan la sombra alargada de su Hijo, pero también la vastedad insondable de su amor materno. El poeta, conmovido hasta la médula, se acerca y, en un gesto mudo de hermandad en el dolor, la abraza, ofreciendo en ese contacto el peso de su propio corazón.
El poeta reconoce en esa figura doliente no solo a la Madre del Redentor, sino el arquetipo de toda maternidad herida. En sus entrañas traspasadas por el dolor, vislumbra el eco de cada alumbramiento truncado, de cada hijo partido demasiado pronto. Ella es la tierra fértil donde germina el llanto, el silencio elocuente que precede y sucede a toda palabra.
En la cima desolada, bajo la mirada agonizante del crucificado, el poeta comprende que no hay versos capaces de contener la magnitud de ese instante. Su arte, habitualmente tejido con la urdimbre de la belleza y el dolor, se siente ahora torpe e insuficiente.
Y sin embargo, en el silencio compartido con la Madre Dolorosa, encuentra una conexión profunda. En el Gólgota, donde la vida se desangra y el amor se yergue como única respuesta ante la muerte, el poeta reconoce en María no solo a la madre de su Dios, sino a su propia madre espiritual, aquella que comprende sin palabras la fragilidad de su alma y la hondura de su búsqueda. Su pésame no es un epitafio rimado, sino un latido unísono en el corazón del silencio herido.
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