Fábulas
Toda Ella era tan cierta como la existencia de dios.
Tan spinoziana, tan completamente perdida
por el humus de las edades…
Era Ella -¿cómo decirlo?- una espiral mítica.
Una ciencia de cuentos y oraciones.
Ella podía afirmar: mis ojos son ojos.
Mis manos son manos.
Y mi pelo, un mundo de artificios.
¿Quién tiene valor para esto?
De que los ojos sean altísimos techos.
De que el pelo, un recuerdo del viento.
Pero ella… era Ella,
nombrando su propio nombre.
¡Qué fuerza! ¡Qué pulmón!
Se acabó mi ateísmo, el voto en urna vacía.
Tocayamente, también me recorren
quiméricos animales los días.
Ya la frente se eleva del cárnico asiento
y se vuela, se alza para dorarse
en un solo rayo de Su existencia.
Tan cierta era toda Ella…
que aún no podía arrugarse a la vida.
¡Ángeles, dadle alas de cartón piedra!
Y a mí, un albo cuchillo sin mango
que me corte la espera.
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