EN SOLEDAD
Enrarecidos aires colman los aposentos,
árboles y más árboles huyeron de mi armario.
¡No me complace nada esta atmósfera…!
Aunque siento su enervante boca,
me rebelo… ¡y huyo en silencio!
Mi bosque no tiene brazos,
ni tiene brisas mi casa.
¡No estoy hecho para la gran ciudad!
Allá, en lo alto, en aquella pequeña colina,
me desnudaré enloquecido.
Vivo las cosas del día,
percibo el rumbo de mi propio eco,
los gritos del escándalo,
los besos de la esencia,
la letanía de los espectros.
Siento crujir cálidos estantes
que custodian los desguarnecidos
flancos de una infinita estepa;
respiro la fragancia
de un amoroso busto
sobre hectáreas de heno,
entre nidos de hojas,
inundando el corazón de este hombre,
abriendo horquillas que alejan maléficos
influjos e inspiraciones extrañas.
Paseando, solo, acompañado
por sencillos poemas,
me siento en paz conmigo mismo
y noto que en mi pecho
se clavan saludables raíces.
Oliendo a hierba fresca,
siento los amables latidos de mis viejos libros,
iluminados por la luna, cuando, cerrados,
acaricio su lomo con mis sedientas manos.
Adivinando las ondas del origen,
embriagado por furtivos besos,
santificado por penetrantes perfumes,
me llegan las voces del averno
apagando el ruido de la multitud
y despertando los murmullos del mundo.
¿Qué pensabais?
¿Que no haría nada al ver
cómo se hunden mis quebradas ramas
empujadas por bravos remolinos?
¿Creíais que aquel breve repecho
sería mucho para mí?
Vivo muy solo hoy,
trepo sobre afiladas rocas,
me baño en mi propia sangre
y observo los capullos de purísima seda
escondidos en vírgenes selvas.
He conocido la pequeñez del ser,
la mezquindad del sol,
el rubor de la luna.
He descubierto las sombras de la tierra
y me nutro de ellas.
Jamás nombro al universo en vano;
aguardando a la más pura vid
dejo que el viento,
acompañando el curso de los ríos,
sea el único dueño
de mis desapegados oídos.
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