El morturio y su estatua.
La luna irradiaba
el mármol sombrío.
esa melodía vibraba
en su consciencia.
El sonido escarbaba
entumeciendo sus sentidos,
llevándolo a un caudal torrentoso
cuando vio a la doncella.
S
olas cristalinas
habitaban su cabello,
cuan trueno que silencia
la tempestad de la mar.
Aquella noche maldita, la de la quimera
el viento soplaba con tanta euforia,
arrancaba los pétalos
de los marchitos y sabios árboles.
Esos pétalos conservaban aún,
el sutil aroma de su juventud,
desató sus agujetas,
y su mente correteó
en la caliente sabana de su niñez.
Ella, bañada de mármol oscuro.
Él, atestado de muerte.
Decidido a amarla
aunque eso no fuese su decisión.
Ella se mecía
en una hamaca de seda,
entre la vida y la muerte:
¿estaba viva?
Se excavaron profundos anhelos,
se derretían las leyes naturales,
el mármol rizado y la muerte
acariciaban a Venus.
Su corazón maullaba
las noches que su estatua
espantaba los gusanos
con gemidos melosos
Es por eso,
que el musgo nunca,
nunca alarmó
la esquina diestra
del cementerio central.
los muertos bailan,
su danza macabra,
y la estatua cuida
al príncipe mortuorio.
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