El Librero de El Agustino.
... Conversando con un librero en un contexto tan desafiante.
EL LIBRERO DE EL AGUSTINO.
(Il Libraio Di El Agustino)
...
En la primera cuadra de la Avenida Riva Agüero, entre el bullicio incesante de comerciantes que pregonan frutas frescas, panes con hamburguesas y caldos de mote espesos, se aprecia un triciclo desvencijado como un defensor silencioso. Allí está Rolando, el librero ambulante, un hombre de 67 años cuya piel, curtida por el sol, y manos ásperas parecen haber aprendido a descifrar los secretos del tiempo. Su rostro, esculpido por las adversidades, lleva las huellas de una vida de lucha, pero sus ojos —dos astros resilientes— irradian un fulgor especial: el brillo de quien ha encontrado en las palabras su refugio y sustento.
C
Rolando no es un vendedor más; es un guardián de mundos, un puente entre vidas reales y ficciones olvidadas. Su triciclo, un cofre ambulante de tesoros literarios, transporta un universo de páginas y letras: libros nuevos, usados, desgastados por manos que, como peregrinos, buscaron consuelo, respuestas o sueños entre sus hojas.
La mayoría de sus clientes son forasteros; los habitantes de El Agustino, atrapados en su ajetreo cotidiano, suelen pasar de largo, demasiado inmersos en sus propios pensamientos y luchas. Sin embargo, de vez en cuando, un curioso se detiene. Así fue como llegué a su puesto. Atraído por el triciclo rebosante de libros, que destacaba en medio del bullicio urbano como una isla en medio de un mar de indiferencia, me acerqué. Mientras hojeaba algunos ejemplares, el crujir de las páginas y la leve fragancia a tinta me envolvían en un abrazo silencioso.
Llevándome la curiosidad a preguntarle:
—¿Por qué vender libros aquí, señor Rolando? ¿No sería más fácil ofrecer algo que la gente realmente necesite?
Rolando sonrió, como si ya hubiera respondido esa pregunta mil veces. Su sonrisa era una mezcla de dulzura y resignación, como si esa pregunta fuera el eco de un pasado que nunca terminaba de desvanecerse.
—Tal vez sería más fácil —dijo—, pero no sería yo. Los libros son mi ofrenda al mundo, mi sustento y mi refugio. Aunque venda poco, siempre hay alguien que encuentra aquí un fragmento de algo que ni siquiera sabía que buscaba.
Hablaba con una pasión que solo tienen los que verdaderamente creen en lo que hacen, con esa convicción que nace de saber que lo que uno hace tiene un propósito, aunque sea invisible a los ojos del resto del mundo.
—Vender libros es un privilegio —dijo con serenidad— Cada texto que alguien lleva consigo es un mundo que podría cambiar su vida. No vendo papel, vendo posibilidades —añadió, hojeando un libro como si acariciara un tesoro. Luego, con un tono casi confesional, dijo—: Los libros transforman; nunca eres el mismo después de leer ciertas obras.
Sus palabras resonaron como un murmullo en mi cabeza, cargadas de una verdad indiscutible. Me habló de La vida de un rey, un libro que, según él, todos deberían leer. Narró la historia de Eduardo VIII, el monarca que renunció al trono por amor, con una elocuencia que transformó el bullicio circundante en un susurro lejano. Escucharlo era como asistir a una clase magistral en plena calle, donde cada palabra caía con la precisión de un reloj que marca el paso del tiempo.
—El que no ha leído esta obra —sentenció—, no conoce la buena literatura.
Lo miré con una sonrisa, comprendiendo su estrategia, pero también su sinceridad. Rolando no era solo un librero; era un narrador, un artesano de palabras que tejía historias de papel en momentos de conexión humana.
Sin embargo, la realidad era menos romántica. Las ventas eran escasas, y su ingreso apenas le alcanzaba para subsistir. Su riqueza no se medía en dinero, sino en conocimiento. Cada libro leído, cada historia absorbida, lo convertía en un hombre más sabio, como un alquimista que transforma la ignorancia en curiosidad, y la curiosidad en conocimiento.
En ese instante, un joven hojeaba un libro de César Vallejo, y Rolando le contó sobre otro cliente, un hombre mayor que había hallado un ejemplar de Los Heraldos Negros en su triciclo. El anciano le contó que, al leer los versos de Vallejo, especialmente los de dolor y desesperanza, pudo entender su propio sufrimiento y, por fin, perdonar a su hermano con quien había estado distanciado durante años.
—Esas historias valen más que el dinero —dijo Rolando con un suspiro, casi como una plegaria.
La conversación se desvió, y mi mente, ahora llena de preguntas, comenzó a reflexionar.
¿Cómo sería su vida en casa? ¿Habría sus hijos heredados su amor por los libros, o habrían sucumbido al pragmatismo de un mundo que valora lo inmediato sobre lo eterno? Imaginé su hogar como un santuario modesto, lleno de estanterías improvisadas y del aroma penetrante de papel envejecido, un refugio para un hombre que ha dedicado su vida a un oficio en extinción.
El Agustino, energético y caótico, es un lugar donde la lectura parece no ser una prioridad. La tecnología ha desplazado fácilmente al libro, y el tiempo escasea para quienes trabajan desde el amanecer hasta el anochecer. Pero Rolando lo sabe, y, aun así, no se rinde. Sabe que todavía hay lectores allá afuera, personas que buscan algo más que lo material, algo que solo un libro puede ofrecer: la capacidad de viajar sin moverse, de vivir otras vidas sin abandonar la propia.
Antes de despedirme, sentí que debía hacer una última pregunta.
—¿Vale la pena todo esto?
Rolando asintió sin dudar, y en sus ojos brilló una luz serena.
—Vale la pena por cada persona que se detiene, por cada conversación como esta. Vender libros es un privilegio. Es navegar por mundos que otros solo sueñan visitar. Mientras pueda hacerlo, seguiré aquí, esperando al próximo lector.
Y así lo dejé, junto a su triciclo repleto de historias, un hombre que, aunque invisible para muchos, es una antorcha de conocimiento en un mar de indiferencia.
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Derechos Reservados del Autor:
Leonardo Sarmiento López.
Imagen del propio autor.
31 de diciembre del 2024.
Lima _ Perú.
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