APETITO
Llegué a tí impoluto, incólume,
despojado de todo prejuicio.
Como crisol en el que se funde
el más valioso metal que se te haya dado,
oro puro de amor fundido para tí.
Mi voz se desgranaba en declamaciones,
cual ruiseñor llegado a tu abril,
emisor de las más bellas melodías
era capaz de modular y emitir.
Fueron mis manos,
sutiles cremalleras decididas a cerrarse en torno a tí
en abrazo de buscada libertad.
Todo discurría a nuestro alrededor
como agua de río cargada
de rebuscadas emociones,
obligado cíngulo que
nos conservaba unidos
con sólido lazo
imposible de deshacer.
El apetito se hizo tormenta
en un rosario de atronadoras caricias.
Se fue desvaneciendo
en su propia humedad
latente, perversa y lasciva.
En su insatisfacción de rugientes truenos
nos demandaba más y más entrega
hasta dejarnos deshechos, disueltos, confundidos
en indescriptible masa carnal,
como fieras recluidas
en la guarida de los besos.
Conoce más del autor de "APETITO"