UNA EXCUSA PARA LA TRAICIÓN
Mi cuerpo ha albergado la mayor de las inmundicias, y por si fuera poco , ha sucumbido en una extrapolación; mis polos instintivos fueron el remedio del contraste con los suyos en una incandescente armonía.
Una mordida de labio, una mirada; cuanto menos: picantera. Burlesca, uniendo átomos en complicidad de las confesiones descritas, subiendo el tono en la confrontación sexual del sutil tacto que me fueron transformando, acorde a mi naturalidad lasciva, en la presa de mi propia presa. Una especie de alimento para el desahogo.
Poniendo a prueba los límites del hombre en momentos de debilitación entre ambos mientras luchamos contra las ataduras de nuestros pies y manos.
Sin embargo, he sido capaz de encontrar mi perdida amalgama de lágrimas escondidas, hundidas en las hendiduras y humillándome a mí misma en la masturbación con las mejillas empapadas y las pupilas dilatadas por el placer gozoso de la prohibición durante el vívido orgasmo generado por la morbosidad de un encuentro grosso modo de desesperación, ira y ansiedad; una especie de venganza nupcial, ulterior a comenzar desde cero.
Desde el principio. Desde más amor y el dolor perpetuo y profundo consagrado, de guerra para con tu compañero o compañera de vida. Con la persona a la que amas, con esa locura de la que erróneamente, reniegas con cordura.
Un encuentro fortuito y desenfrenado de curiosidad e interés única y exclusivamente sexual.
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© M, Saida Cerdán
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