Los hombres de esta ciudad


Llueve;
sobre mí
y sobre todos los caparazones
que he construido
encima de tu recuerdo.
Los hombres de esta ciudad,
los rudos y hambrientos hombres
me han invitado
a sentarme en un altillo
Y casi me han convencido
de ser aquella ambiciosa
de la flor en el pelo
que venera sus batallas
y espera junto al cáliz
la muerte del rival
y la victoria del héroe;
uno que, ciertamente,
yo no veo por aquí abajo.
Los hombres de esta ciudad
trabajan con las manos;
esculpen y pintan,
arreglan, navegan,
tiñen de sangre y venganza
sus almas.
Pero utilizan sus manos
y eso, de algún modo amiga mía,
hace que yo finja
querer estar en el altillo
de piernas cruzadas,
fingiendo que me importan sus victorias.
Yo aprendo y me guardo los matices
y jamás que se den cuenta desearía
para no arder en esa hoguera
antes de tiempo.
[...]
Arde sobre mí
y sobre todas las puertas
que he ido construyendo
encima de tu recuerdo.
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