Espejos rotos.
He vuelto a enfrascarme al laberinto,
con todo y minotauro,
doblando en sus esquinas
donde los espejos rotos se desangran.
No sé cómo ni por qué,
pero he vuelto a poner clavos en mi ropa
y me sorprende ahora los huecos en mi carne.
La ruta, la misma ruta marcada tras mi muerte (la muerte de alguna de mis máscaras),
donde los cardenales caen grises desde el cielo,
donde los peces se asfixian con su propia agua.
Empiezo la batalla,
la punta de mi espada perfora a la bestia.
Victoria
victoria
victoria.
Suenan trompetas por las nubes,
los cisnes de púrpura se tiñen,
y aunque haya muerto todo cardenal,
medusas rojas ondulan por la niebla.
Y soy yo de nuevo,
con la ropa del viento, de los mares;
quién cierra las ventanas,
que dejan sin luz al corazón del día,
quién le pone velas a los ojos de la noche.
Yo,
solo yo,
ante las circunstancias, poniendo circunstancias.
Yo de nuevo, eligiendo ser un Minotauro,
sin poder salir, ni entrar.
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