efímero VI
Te miro
y el miedo desaparece.
Dejo de mirarte
y el terror me invade.
¿Cómo puedes
solo quedándote
o yéndote
crear algo tan distinto en mí? Sé de la importancia
que le das al tiempo.
Nunca te he dicho,
lo mucho que le temo:
pasa,
rápido,
sin darte cuenta,
y siempre parece
que llegas tarde
a todo,
a la vida,
pero justo a tiempo para
arrepentirte
de no haberlo aprovechado.
Así de trágico es
ese movimiento de aguja,
se nos clava
en el alma
a las personas que son
como tú y como yo:
con más ganas
que limitaciones;
menos horas
que ilusiones. Sin embargo,
no estoy aquí para hablar
de miedo,
de lágrimas
o de tiempo.
Eres,
es cierto,
una mezcla entre lo bueno
y lo malo existente,
pero por más que intento
que lo malo me calme
por ser a lo que estoy acostumbrada,
solo me demuestra
lo que ya -creo- puedo decir en voz alta:
eres vida ;
lo más parecido a la vida
que conozco.
Eres tragedia y tregua,
rendición y grito de guerra,
abrazo y tormenta. No puedo negar
que adoro ese movimiento
de guerrero indomable
y niño indefenso
cuando me coges de la cintura. Jamás pensé que encontraría
un espejo en alguien.
No me reflejo en tus ojos,
tampoco quiero hacerlo,
no querría ver mi alma
dentro de ti:
créeme, te matarían
tantas incertidumbres,
tanta magia retenida,
tanta bondad altruista
e impotencia y culpa desmedida.
No me reflejo en tus ojos,
me reflejo en tu corazón.
En la forma en que me miras,
y no en tu pupila.
Gracias,
gracias por haberme enseñado
que el amor no es arrodillarse,
que no tiene nada que ver con alturas o niveles,
que hincar la rodilla
o ponerse de puntillas
es solo para abrazarte la cadera
o robarte un beso.
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