Efecto Pigmalión
¿Fetichizando, de cuenta nueva, tu propia desdicha
sabiendo que así solo conseguís estatuar tus fichas?
La verdad es que me alegró saber que no me extrañaste,
ya que, al fin, pude el tumor de la incertidumbre extirparme.
Vivís en un mórbido efecto Pigmalión,
soplando, en secreto, dientes de león,
pintando tus labios y tus días bermellón.
Podrás pintar de azabache, por siempre, tu corazón,
cuando descubra de cuenta nueva tus labios rojos,
frotaré las cerdas del pincel para limpiar el polvo.
Aquellos puntos de sutura que improvisaste
en el medio de tu pecho tras recuperaste
ese corazón tuyo sumido en el desgaste;
yo no quise deshilarlos, lo juro por Dios;
solo traté, con cautela, de atarlos mejor.
Solo quería hacerle a tus heridas curación.
Casi treinta años observando el mundo,
es hora de cambiarlo y ponerlo a mi gusto.
Me alegró saber que no me extrañaste,
que no te costó, como a mí, olvidarme.
¿Qué haremos con las clases de Rosenthal,
si ya no nos causamos síndrome de Stendhal?
¿Monetizaremos nuestros pasatiempos
solo para comer bien en estos tiempos?
Ya no monetizaré mi pasatiempo
por no poder ser el cambio de los vientos,
sino que domaré fiero el vendabal
hasta pisar el último pie en el vals.
La profecía autocumplida que seguís repitiendo
para tus adentros y también a los cuatro vientos
te explotará en la cara cuando lo esperes menos.
¿Seremos fábricas de juguetes defectuosos,
graciosos a ratos, pero insufribles a otros?
No es raro ver a todos tus pretendientes prófugos,
si repelías todo lo que enrojece tu pómulo.
Yo te amaré con un silencio tan harto
que, en el proceso, olvidaré que lo hago;
te amaré con un silencio tan sepulcral
que, al final, seré yo el que se morirá.
Si bien me alegró saber que no me extrañaste,
lloré a cántaros porque a penas me recordaste.
He estado casi treinta años mirando la vida,
ya va siendo hora de que empiece a vivirla.
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