Daylight
Me parece aterrador darme cuenta que me aburre lo saludable, lo feliz. Que prefiero el drama, porque es lo único que conozco. El único ejemplo que tuve. Lo tóxico, lo destructivo, lo desleal y traicionero.
No era de extrañar que repitiera patrones. Que acogiera en mi casa a hombres trastornados, por el misterio que se escondía en aquellos ojos desorbitados. Ojos confundidos por el dolor, la droga o el alcohol. A veces, incluso, por todo lo anterior.
Y yo no los detenía. Disfrutando del teatro, de su actuación perfecta que sabía reconocer, pero no me atrevía a detener.
No soy tan inocente, ni tan inteligente.
Porque disfruto del dolor, como si fuera la antítesis perfecta a mi poesía.
La oscuridad y el personaje adorado por todos. La chica dulce, de risa fácil.
El baile de película, el vodka de juventud.
La voz, en mi oído, cantando con hálito alcohólico.
Mi sonrisa, mi extasis ante la escena perfectamente representada.
Me reía, porque sentía el frío que me invadía, pero me gustaba fingir que sabía jugar con fuego.
Lo predecible no te hace volar la cabeza, ni te deja despierta a las tres de la mañana. La tranquilidad te hace bajar la guardia y yo estoy acostumbrada a estar alerta.
Terrorífico, espeluznante. Elegir la alternativa incorrecta y sonreír en el proceso, pues no hay nada más entretenido que la incertidumbre. Aterrador, porque en el fondo sabes la respuesta, pero sigues eligiendo la ineptitud.
Porque díganme, ¿Quién en su sano juicio, se dormiría en el hombro de un psicópata? Y yo no solo me dormí, sino que abracé al asesino en sueños y le dediqué una canción de Taylor Swift. Quizá incluso tres. Dos de amor y una de desesperanza.
Y ahí es cuando le dije a mi psicóloga:
Comprendo el trasfondo de mis malas decisiones, pero, ¿Cómo lo hago para dejar de regocijarme ante la maldad?
¿Cómo dejo de soñar con acantilados? Con escaleras con grandes espacios entre los peldaños.
Por favor, solo díganme cómo ver la luz y qué está vez no sea mentira.
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