Araucanía
Que el frío viento acariciando los tréboles,
que los altos y erguidos árboles,
que el cielo inmenso dibujado a explosiones
me traigan a mí de vuelta.
Que nunca se me olviden las bandurrias
caminando distinguidas por los prados impecables.
No quiero perder de mi memoria
los temporales, la escarcha, el silencio.
E
testigos de sangre derramada,
que han escuchado llantos
que regaron sus raíces vetustas.
Tu grandeza, arcilloso suelo,
está en el relámpago que en ti cae,
en la lluvia que riega tus manzanos y castaños,
en la danza de las espigas de avena y cebada.
Volveré siempre a buscar entre
tu neblina espesa, bendita ceguera.
A caminar por las calles empapadas.
A mirar la inmensidad en la playa de un lago.
Y pensaré otra vez, por qué me lanzaste
tan lejos de mis hermanos,
donde no cantan los treiles,
ni hay pehuenes en otoño.
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