Infamia
Yacen ahora marchitas
las flores bellas de antaño,
y en donde ayer llovían gotas de dicha
hoy cae amargo llanto,
regando las penas,
ablandando el suelo
bajo los pies,
dificultando más los pasos,
que entre el lodo del dolor
avanzan lerdos.
V
por el triste jardín,
acariciando las rosas muertas
que bajo el sol de la nostálgia se secan,
junto a los sueños moribundos
de una niña antes felíz.
En aquel florido páramo
donde jugueteaba su ternura,
hoy se pasean taciturnos
los entes de la amargura,
con su mirada clavada
en el piso frío
de la cruel tristeza.
Ya nada queda de la jovial sonrisa,
y la alegría espontánea
de un corazón febril
se ha apagado,
y duerme ahora profundo
en la negra habitación
de la incertidumbre.
Sus bellos ojos,
antes llenos de brillo,
ya no hablan más
de su alma plena,
mas padecen de insómnio
cada noche,
mientras se anegan sus mejillas
con el agua del manantial
de su quebrado corazón.
En el suave valle
de su cómodo lecho,
donde en el pasado
se reunían las ilusiones
a conversar del mañana,
hoy abundan los fantasmas
del temor,
ocultos entre las sombras
de sus largas noches en vela,
y ríen burlones,
mientras acampan
en su almoháda.
Nadie lo habría pensado,
nadie lo habría concebido siquiera,
mas fue invadido el lugar sagrado
de su ser virginal
por aquella fiera
quien destrozó su vida entera,
desgarrando su inocencia
con zarpázos de infamia.
Jamás habría ella imaginado,
ni en su más horrenda pesadilla,
que aquella siniestra bestia,
quien pisoteara su fragante vergel,
y quien tanto daño le causó,
sería...
quien su vida un día engendró.
Conoce más del autor de "Infamia"