ENCUENTRO
Hoy te encontré casualmente,
por sorpresa, sin esperarlo,
cuando ambos realizábamos
la compra en un supermercado,
tras decenas de años sin vernos.
Perdura aún sobre mis brazos
el apoyado empuje de tu mano
que con su gesto, quería afirmar
la fuerza y el sentir de tus palabras
que yo no precisaba.
También, esa oscura mirada
de profunda sima, en la que escondías,
no sé cuántos deseos inconfesados.
Te encontré resplandeciente,
como si el tiempo no hubiera
transcurrido sobre tí,
sin más adorno que no fuera:
el puro rosado de tu cara
muy propio de tu persona,
y ese otro, más intenso, que descansa sobre tus labios,
tantas veces soñados,
tantas veces deseados...
Te encontré perfecta,
agrandado el espíritu,
adornado de su sempiterna sonrisa,
que pareciera rebosante
de una ingenuidad cuasi infantil.
Los años no han dejado huella
sobre la tez tersa de tu cara.
Quizá noté, un destello
de sufrido dolor,
que casi todos portamos.
Ya por la pérdida de algún ser querido,
ya por la ausencia de algún hijo
que abandonó el nido del hogar
para emigrar a lejano país
a la búsqueda de forjarse un mejor
futuro;
a lo peor, por la ruptura amorosa no confesada
y por la que no te quise preguntar.
Tras nuestra despedida,
me quedó latente ese pesar
que tu mirada traslucía.
A pesar de todo, me alegré,
me alegré sobremanera
de ver que la vida
no te había tratado
del todo mal.
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