EL ALIENTO DEL DRAGÓN I
El Camino se llena de voces cuando lo anda el aspirante, cuyos pasos veleidosos aparentan a veces la jactancia del engañado y otras, lo representan en lo que es: ciego por el Olvido; olvidado del Templo; y lejos.
Así él avanza o retrocede; porque retroceder, en ocasiones, es la necesidad de Despertar.
No importa el número de sus Pasos que sueñan el Hogar; tampoco lo elevado o profundo de sus huellas. Las voces del Camino siempre van con él y son como los grillos que pueblan la Eterna Noche en la que camina; o semejan el dulce canto de las sirenas que lo atraen igual que la caricia de la mujer deseada, tentándolo a detenerse y quedarse; o son gritos enfurecidos y angustiados que vuelan incesantemente sobre su cabeza como grandes abejorros, atormentándolo y perdiéndolo en el Camino sobre el que va.
Distraen al aspirante esas voces porque nunca aprendió a desconfiar de lo que lleva por dentro: muchas veces son susurros cuyo aliento ponen mácula sobre lo que nació puro y suman equipaje en su espalda, agobiada de tiempo y confusión.
Grandes sabios pusieron un nombre hermoso y terrible a esos cantos de maya, advirtiendo a todo aquel que, avanzando o retrocediendo el Camino, tuviera la virtud del oído:
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