EXPERIMENTO MARCAHUASI

EXPERIMENTO MARCAHUASI

Su faz de Pedro Espíritu retrataba el éxtasis y el extravío. En la facultad de teología se rumoreaba que Pedro tenía un apego exagerado por temas de ultratumba, pero fueron pocos los que oyeron sus intenciones escalofriantes. Lo sombrío en Pedro y su caminar solitario, despertaron mi curiosidad para observarle.
Poco a poco, a fuerza de perseverancia, pude saber que era un nigromante. Así en una tarde, cuando el horizonte se veía más sanguinolento, y él compartía conmigo su mesa en la hora de merienda, dijo:
—Solamente tomaré la sopa, el resto es tuyo.
Entonces me reveló su afición por los viajes. Señaló que durante años había gastado buen dinero por rutas impresionantes, inclusive del extranjero; pero su mayor ambición era una senda que podría helar la sangre.
—Estoy a punto de aclarar un misterio escatológico —afirmaba.
A partir del momento, por tener mi pensión frente a la suya, comencé a indagar con un prismático, cada movimiento suyo fuera de las aulas. Hasta que, durante una noche de Agosto, estando yo dormido junto a mis libros, desperté sobresaltado por sentir que Pedro cruzó la puerta cerrada de mi cuarto. Sin embargo, aquella oportunidad noté que solo fue su espectro. En la mañana siguiente, él mientras tomaba café, habló algo que me preocupó.
—Me vigilas desde tu ventana.
— No entiendo —respondí buscando excusa.
— He visto mi cuerpo acostado —insistió.
Con tal afirmación recordé mi prismático. A pesar de la turbación hice un esfuerzo por disimular y respondí.
— ¿A qué te refieres?
—He visto por tus ojos — dijo Pedro, con anómalo mirar.
Una chocante sensación recorrió mis nervios.
— “Él pudo ensayar una deducción” —supuse mentalmente.
No había duda que Pedro escondía algo extraño, pero la pretendida confianza entre ambos a pesar de tener altibajos se mantuvo.
Cierta vez Pedro hizo una invitación:
—Viene un feriado largo, vayamos a sentir lo insondable de la montaña sagrada de Marcahuasi.
Al llegar la fecha, según programamos nos alistamos, y temprano esperamos la camioneta que nos llevaría por el villorrio de San Pedro de Casta, en la serranía limeña, es decir en la provincia de Huarochirí.
— Allí empezará un experimento extraordinario, un viaje de otro tipo — señaló él.
— ¿Sobre qué? —quise saber.
— A su tiempo amigo, a su tiempo —contestó.
El vehículo que nos trasladó se quedó cerca de un poblado por donde se inicia el ascenso, y continuamos por una senda poco frecuentada. Estando ya en la cumbre, a una cuadra del lugar llamado “El Anfiteatro”, nos resguardamos de otros posibles visitantes en unas concavidades rocosas. Al llegar las cuatro de la tarde salimos a contemplar. Poco después cuando el tétrico manto de la noche serrana empezó a cubrir el frío paisaje de piedra, nos alistamos para enfrentarla, yo en mi carpa y Pedro Espíritu escogió una bolsa de dormir.
— ¿No te congelarás? —pregunté.
—Esto es para el experimento —respondió él.
Las horas transcurrieron a paso lento, sin presentar novedad. Era fecha de Todos los Santos y apartados del foco turístico aguardamos hasta el inicio del crepúsculo. La noche fue de sueño reparador.
Al amanecer, Pedro me despertó con unas palmadas.
— ¡Levántate flojo, que debemos alistar el desayuno! —dijo.
Ese día lo pasamos admirando los colosales monumentos pétreos cuyas creaciones ocurrieron en fechas que no figuran en la memoria colectiva. Cuando el sol abandonó el espacio real fantástico de Marcahuasi, nos ubicados al pie de una escultórica mole y, Pedro se acomodó en su bolsa al frente de mi tienda.
— Serenidad y silencio, en caso de mirar algo raro no te asustes— recomendó Pedro.
La Luna producía lúgubres contrastes, silueteando un escenario que no me permitía conciliar el sueño, porque las formas talladas en la piedra, especialmente del tallado ciclópeo que muchos denominan “El Monumento a la Humanidad” parecía mirarme con ojos sobrenaturales. En ese lapso, me di cuenta de un extraño fulgor por el horizonte, cuando vi salir del cobertor de Pedro, una forma humana de consistencia traslúcida, ligeramente blanquecina y desnuda, que se dirigió al terreno denominado “El Laberinto”. En prevención de peligro, me acerqué silenciosamente al cuerpo de Pedro y ausculté sus funciones vitales, hallando un ligero descenso de temperatura; entonces armé su carpa. Mi reloj señaló las tres de la madrugada cuando contemplé que su fantasma regresó al cuerpo dormido de Pedro. Al rato me acosté de nuevo.
Avanzada la mañana, Pedro hizo ruido.
— Despierta dormilón que vienen turistas —alertó.
Después de tomar refrigerio retornamos hacia Lima, entretanto él se mantuvo callado.
Días después le noté más ensimismado.
— ¿Qué te sucede? — pregunté
— El experimento en Marcahuasi ha resultado —contestó.
Se acercaba el Año Nuevo y, por varias madrugadas sentí en la calle pasos femeninos aproximándose a la pensión de Pedro; pero al ver por mi ventana no hallé ningún signo.
Fue un seis de enero antes del canto del gallo, que logré mirar una joven muy bella vestida de negro esperando junto a la puerta de Pedro. Al rato logré comprobar que Pedro se marchaba con la dama enlutada. Lo extraño fue que sus cuerpos no proyectaron sombras, ni siquiera cruzando debajo del alumbrado público, y flotaban sus pasos a varios centímetros del suelo.
No sabemos más de su paradero, todas sus cosas quedaron esperando su regreso.

DERECHOS RESERVADOS DE AUTOR
Música: UÑA RAMOS-La vida del solitario.

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