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Poemas mejor votados desde Mayo 22

poema

Luto

Hoy la alborada está triste
ya no pasa la muchacha, aquella de pies pequeños,
la que muy de madrugada
brincaba desde su cama, para correr la cortina,
asomar a su ventana,
saludando al gorrioncillo tempranero de la palma.
Hoy el rocío está lloroso,
no ve venir su criatura, la de manitas de nácar,
que se inclinaba a tocarlo colectando gotitas adormiladas,
en hojas de la hojarasca.
Hoy el capullo de rosa
no quiere abrir su boquita, no ve venir
la figura de la dulce jovencita, que le mostraba
su rostro y ojitos de aceituna.
El colibrí hoy solloza,
rehúsa tomar su almíbar, espera la niña bella
que en grititos de alegría le cantaba en la verbena.
La lluvia suelta su llanto
pues no verá ya jamás, el rostro angelical y tierno
de la niña de sus ojos chapotear en su corriente.
El sol siente un frio terrible
pues al entrar a besar a su carita de nardo,
la encontró tiesa, glacial,
mirando hacia su ventana, con la mirada muy fija
con una leve sonrisa; esperando al gorrioncillo
y a los besos de su sol.

poema

LA MORALEJA DE MATÍAS (Un Secreto de Amor)

Íbamos a ciento cuarenta kilómetros por hora, habíamos dejado la carretera rural y el sonido de la sirena despejaba el tráfico en las inundadas calles de la ciudad. Parecía que el mundo entero estaba fuera de casa y que todos querían retornar a la misma hora; la avenida repleta de autos era un collage de colores puesto que las luces se multiplicaban en el asfalto mojado. Las alcantarillas colisionaron y el agua subía a las aceras; la torrencial lluvia caía en el parabrisas de mi auto con tal intensidad que las plumas de nada servían, el vapor que salía de mi cuerpo mantuvo el cristal empañado durante todo el trayecto, la calefacción tampoco ayudó demasiado, la visibilidad era nula y tuve que conducir con la ventana abierta y la cabeza por fuera para no perder las líneas entrecortadas de la autopista. No tenía idea de que hora era, en ese momento mi único objetivo era no perder de vista a la ambulancia y conducir tras ella para llegar con mi pequeño Matías a la sala de urgencias del hospital, temía que pasara lo peor.
Me había convertido en un experto para esquivar vehículos y evadir señales de tránsito.
Desde los primeros meses de vida le diagnosticaron a mi hijo una extraña enfermedad que cada cierto tiempo le ocasionaba convulsiones que parecían no terminar y que me mantenían en zozobra constante pensando que se iría para siempre. Esta vez la sensación era más fuerte y más real, sabía que era diferente, todo lo que acontecía era el presagio del suceso que quería evitar a toda costa.
Acabamos de ver una película, una comedia que habíamos comprado a mucha insistencia suya, quería que la viéramos juntos. Cómo habría de negarme si me encantaba ver como sus ojos negros se iluminaban cada vez que sonreía, los hoyuelos en sus mejillas sonrosadas me hacían quererlo más porque, al igual que su cabello castaño claro que en forma de melena le enmarcaba el rostro, los había heredado de su madre. Su alegría era tal que no podía contenerme y juntos reíamos hasta más no poder, él viendo la película y yo tan sólo con mirarlo.
No podía entender cómo Matías, en tan poco tiempo, seis años nada más, me había dado tanta dicha, tampoco entiendo cómo pudo aguantar, siendo muy pequeño, la pérdida de su madre y cómo pudo aguantarme a mí, porque yo siempre he tenido el carácter insoportable.
Cuando llegué al hospital y cuando por fin me dejaron verlo, estaba dormido, las convulsiones habían cesado; pasé mi mano por su frente y ardía en fiebre, jamás lo había visto tan mal; mientras le acariciaba abrió sus ojos con mucha dificultad y me sonrió.
-Papi, sabías que puedo oír hablar a los animales- me dijo muy despacio. No entendía sus palabras, pensaba que deliraba debido a la alta temperatura.
-No mi cielo, ¿por qué dices eso?
-Una mañana lo descubrí, te has dado cuenta que mi cuarto tiene dos ventanas y que por la una se ve el terreno del vecino Manuel y por la otra, el de doña María-
-Si mi vida desde tu cuarto tienes una hermosa vista, justamente por eso estás ahí, ¿recuerdas que me pediste que pusiera tu cama frente a la ventana para que todos los días pudieras ver la salida del sol?-
-Si papi pero últimamente ha pasado sólo lloviendo-
-La lluvia es necesaria también para que todo vuelva a crecer, para que los campos se pongan verdes y hermosos-
-No papi, no es que me moleste pero cuando llueve no vienen mucho las garzas y no puedo oírlas hablar- Volví a tocarle la frente y la fiebre continuaba en aumento.
-Te duele algo, te sientes bien mi hijo-
-No papi no me duele nada, estoy bien pero quiero que deje de llover para oírlos-
-Para oírlos ¿a quiénes?-
-A los bueyes y a las garzas-
No me cabía duda, mi pequeño no estaba bien, algo pasaba en su cerebro y debía ser por algún medicamento o por la fiebre. No sabía qué hacer y lo único que se me ocurrió fue llamar a la enfermera que lo atendía. Ella vino muy rápidamente y lo revisó con todos sus aparatos. Yo no quise quitarle la vista de encima, quería ver sus mínimos movimientos y gestos, tal vez podía interpretarlos y descubrir algo que quisiera ocultarme pero no fue así, después de revisarle me llevó a un lado de la habitación, le dije que no se callara nada que era su padre y que debía saber todo lo que sucedía y así fue, poniendo de lado sus palabras técnicas, me dijo que era muy probable que no resistiera los medicamentos y que quizás no pasaría de esa noche.
Quedé helado, inmóvil, ¿Cómo podía pasarme eso a mí? ¿Qué iba a hacer yo sin mi pequeño Matías? Nada en mi futuro tenía sentido.
-Papi ven, déjame que termite de contarte-
Su voz era más dulce que de costumbre, esa noche más que nunca quería que sus palabras no se terminarán, que no dejara de hablarme, la sola idea de perderlo me estaba matando y estaba dispuesto a hacerle compañía en su camino hacia el cielo.
-Ven papi, siéntate aquí conmigo que este es mi gran secreto y no puede oírnos nadie más-
Le hice una señal a la enfermera y ella entendió que debía dejarnos solos, seguidamente fui a su lado, me acomodé en su cama, lo abracé y atento esperé que prosiguiera contándome su “secreto”
-No me acuerdo si fue el martes papi cuando me desperté porque había mucho ruido, pensé que estabas viendo la tele, me levanté de la cama y noté que las voces venían de afuera de la casa, me asomé a la ventana y ¿qué crees papi? El buey de doña María estaba discutiendo con el de don Manuel-
No quería interrumpirle, temía que si lo hacía, nunca más escucharía su voz y mi atención se centró por completo en él.
-El de don Manuel le hacía un reclamo al de la señora María, le preguntaba por qué ahuyentaba a las garzas cada vez que se acercaban a donde él estaba. Muy molesto el de doña María le contestó que no le gustaba verlas cerca, que su presencia le incomodaba, que sus plumas le daban alergia y le hacían estornudar y que lo peor era sentirlas sobre su lomo, le dijo que no entendía como él podía soportarlas. Entonces el buey de don Manuel le respondió que no le molestaban para nada, que ellas eran sus amigas y que todos los días le limpiaban de los parásitos, le espantaban los fastidiosos mosquitos que él no podía espantar con su cola y que, sobre todo, le hacían compañía. ¿Has visto que limpio estoy y cuán alegre? le dijo. Sí, no voy a negar que los he oído cantar y reír cada vez que ellas dejan su vuelo y se posan en tu espalda pero… yo prefiero estar solo, no has oído el refrán “el buey solo bien se lame”. ¿Por qué dices eso? Le dijo el buey de Don Manuel, no vez lo enojado que estás y que todo el cuerpo lo tienes lleno de llagas, las garrapatas te están comiendo vivo y tú no quieres aceptarlo, la soledad no es buena, te hace amargado y todos quieren alejarse de ti, además ellas vienen de tan lejos y lo único que buscan es volver de vez en cuando a su hogar y ver a sus amigos, lo mínimo que debemos hacer es recibirlas y aceptar su amistad. Pero son tan diferentes a nosotros le replicó. Si el mundo está lleno de criaturas diferentes y eso es lo que lo hace hermoso terminó diciéndole el buey de Don Manuel.
Tampoco recuerdo si fue el viernes papi cuando me despertó otra vez la bulla, las risas y el alboroto ya no me dejaron dormir y me asomé a la ventana del buey de don Manuel y me sorprendió cuando vi que no estaba, corrí hacia la otra ventana y ¿qué crees papi? El buey de don Manuel se había metido en el terreno de doña María y los dos estaban riéndose y jugando en el potrero y con ellos estaban gozando de su felicidad también las garzas.
Papi, yo quiero que seas como el buey de don Manuel, yo no quiero verte solo, acepta la compañía que Dios te va a mandar del cielo, también le voy a pedir alas muy blancas y voy a bajar a posarme en tu hombro o en tu ventana ¡Ah! y no rechaces a tus amigos, sal, diviértete y conoce más gente tienes que ser feliz, recuerda que yo quiero verte feliz-
Mi Matías no estaba delirando, él simplemente me imitaba. Cada noche antes de dormirse le contaba una historia como si fuese un hecho real y me aseguraba de que entendiera la moraleja. Mi hijo hizo lo mismo conmigo. Cómo iba a imaginar que a su edad pudiera darse cuenta de la realidad en que vivía, que no era feliz, que era un ermitaño y un solitario que mi alegría se había sepultado junto con el cuerpo de su madre y que desde ese día no permitía que nadie entre en mi vida.
Su serenidad era asombrosa, me preparó para su partida como si yo fuese el niño y él adulto y tenía razón porque como un niño no paré de llorar abrazando su cuerpecito aún tibio.
Mi hijo se fue aquella noche y desde entonces estoy en la búsqueda de la persona que me traerá de vuelta la felicidad y cada vez que miro el cielo observo detenidamente el vuelo de las aves, mi corazón se estremece y no puedo evitar preguntarme ¿Cuál de ellas tendrá las alas de mi pequeño Matías?
Texto: Juan Carlos Cadena
Pintura de portada: Reinaldo Aupaz

poema

OCASOS...

En el camino más alto y más desierto,
se elevan los silencios más eternos.
Y, ¿a quién llamar en este ocaso de violetas?
¡No creas que me olvidé de ti!
Te pienso en los suspiros del crepúsculo,
en esta tarde lluviosa de invierno que no cesa.

¡Hace ya tantos días que la armonía del piano
no enlaza nuestros cuerpos en la noche!
No es justo llenar este silencio
con los surcos de la ausencia que separa.
¡No creas que me olvidé de ti!
Han pasado los días y los ojos atormentados
divisan los barcos que regresan en la noche.

Te espero en los cuatro puntos cardinales
y en las palabras puras que forman nuestro verso.
Dicen que frente a las tempestades
los mundos se deshacen y destrozan ciudades
y aplastan inclementes los amores.

Pero, ¡no creas que me olvidé de ti!
La esperanza se alza en todas las calles grises
y alegra mis ojos hambrientos de volver a verte.
La alegría se asoma en el camino más alto,
en el filo de una proa, de un astro y de una aurora
y el amor se refugia en el rincón más dulce de la tarde.

LUCÍA
D.R.A.

poema

YA NO AGUANTO

Estoy harta de este virus
que me está volviendo loca...
en todas partes lo anuncian
y lo veo hasta en la sopa.
La gente parece usar bozal
pero dicen que es tapaboca.

Ya no aguanto esta cuarentena
y escaparme me provoca.
No soporto la mascarilla,
francamente me sofoca
y usar guantes de látex,
eso si que me trastoca.

Al diablo con la pandemia
que usar tanto alcohol, me choca.
Ya mucha prohibición de parte del gobierno
que con tanto bla bla bla se equivoca,
porque cuando a uno le llega su hora
toda precaución es poca.
Y no hay nada más que hacer,
si hoy me muero es porque me toca.

PÉTALOS CELESTES
(Ingrid Zetterberg)

De mi poemario
"Joyas de mi alma"

Derechos reservados
Safe Creative Cta. 1006080193112

poema

HABLAR Y DECIR

Como hablarte
de lo que no puedo decirte,
como decirte
de lo que no me atrevo hablarte,
ocupa el corazón
lo que el pasado oculta,
más si al presente renuncia
porque el alma no se siente llena,
por no poder decirte
que de hablar no valga la pena,
el tiempo no trae consciente
a dos palabras refiero,
que nunca fuero dichas
pues por cobarde me tengo,
mis manos yermas anuncian
que solas se encontraban vacías
sin que hubiera quien las llenara
ni nadie que recibiera,
por no poder decirte
mucho te he hablado,
si no quiero más herirme
mejor tengo el corazón callado.

poema

SI SUPIERAS.

SI SUPIERAS.

Si supieras que te amo todo instante,
que se aleja de mi vida incontenible,
pero que te vayas de mí es imposible,
si yo soy la ecuación y tú la constante.

Porque estás constante en mi respiro,
como constante es el alma en mi vivir,
tan alienada como el sentir al suspiro,
o la existencia que ostenta el existir.

Si supieras que en mi vivir eres vida,
plena y abundante en mi vivir vivirías,
porque por mi alma fuiste preconcebida,
cuando aun en mis anhelos no existías.

Si supieras que sin saberlo ni tú ni yo,
estaba predestinado nuestro encuentro,
y fuimos azar que el destino nos dictó,
como hojas de árbol que juntó el viento.

Autor: Víctor A. Arana.
(VÍCTOR SANTA ROSA)
Mayo 24 del 2020.

poema

Cariño nunca deriva

El hijo marcha a su vera
para conocer la vida,
crezca feliz y seguro
hasta el final de sus días.

Sí, es el hijo del deseo
del amor y los te quiero.
En la espalda va primero
su corazón prisionero.

No le gusta el cautiverio
él no quiere ser esclavo.
Le gusta el amor de dos
y él es muy afortunado.

Amor al hijo inseguro.
Amor de madre querida.
Cariño que bien perdura.
Cariño nunca deriva.

Autora: María Cruz Pérez Moreno -acnamalas-
Derechos de autor reservados.
08/05/2020 Madrid. España.

poema

¡DÉJAME SOLA, AMOR!

¡Déjame sola, amor!
Quiero quedarme
con la tristeza azul
de que estoy hecha.
Abandona mis labios hoy,
el mundo late.

Quiero saber
a qué sabe el dolor
a plena noche
y sentir una estrella
partida por Dios,
entre mis ojos.

Te he amado hasta llorar
y hasta morirme
y es la hora de la hiel,
la hora infame
porque te quise
con la lealtad de siempre,
cariñosa, sensual y enamorada
vigilando pendiente
tus insomnios.

¡Déjame sola, amor!
Tengo que meditar y reencontrarme.
Esta noche voy a ser invisible
bajo mi chal de seda transparente.
Regresaré hasta ti,
antes de que amanezca
y me vuelva ceniza
o creas que he muerto
sobre la tierra negra.

LUCÍA
D.R.A.