VEINTICINCO HIJOS

VEINTICINCO HIJOS
P R O S A
Hoy te recordé, refugiada en la cama, con los grandes calzones, colgados en el respaldar de la cabecera y la incognita ¿Seria atrayente a los hombres, semejante pieza, que cubria las pompas hasta el tobillo?
Según la mujer de la época, esas inmensas trusas, no apestaban, porque eran lavadas con semillas de árboles y perfumadas con flores silvestres.
Y la diarrea y menstruación, sin ensuciar las coquetillas, como algunas le llamaban, las bragas cosidas de lino y duraderas para toda la existencia.
La abuela Isidora, bajita de estatura, con unas grandes y anchas caderas, que se notaban voluptuosas, mirando los faldones, piernas gruesas y rectas, cintura pequeña y senos frondosos, a la edad de la vejez, dos huevos fritos caídos, chupados, arrugados, descansando a la altura del ombligo.
La recuerdo hermosa, cocinando con olor a leña, potajes sabrosos, delicia de los comensales, en un abrir y cerrar de ojos, la abuela más pequeña, las anchas caderas desaparecieron, el cuerpo regordete como cereza, la melena bella y brillante, escasa y encanecida, con anteojos y dejando la dentadura en un vaso con agua.
¿Qué paso, ni sombra de la mujer altiva, de recuerdo infantil?
Postrada en la cama, como una muñeca estática, que le cambian los pañales, le dan de comer en la boca, la terapista masajea su cuerpo y ejercita para evitar se tullan, es como una bebé de dos años, ya no habla, solo sonidos, su cuidadora, me mira sonríendo, es el futuro de los humanos centenarios.
¿Me pasará lo mismo, soy su heredera directa, por mis venas corre su sangre?
Sentada en la gran sala, con todos sus recuerdos intactos, olor a cedro de los muebles, su mantelería, la vajilla de fiesta, las fotos casi transparentes en negro y sepia, miró al abuelo, con los ojos bizcos, para no hacer servicio militar, se hizo tomar la foto así y la presento al ejército, para no enfrentarse con las tropas del enemigo chileno, pues él sabía, que los padres de la abuela eran de ese país.
Él murió hace tantos años, después de un ataque de celos de la abuela, que lo correteaba por toda la casa con un cuchillo, para destriparlo, pues según ella, había traído a su amante a la casa, la realidad, la otra en conflicto era la hermana de su esposo, pero ella, ya no recordaba los lazos familiares, solo sabía que su amado era travieso y debía ponerlo en su lugar, con la euforia, le falto la respiración, inicio la taquicardia, siguiendo con la inestable presión , terminando con el infarto mortal.
Ella nació un quince de mayo y un quince a los ciento cinco años cerró sus ojos, con la edad en que inició su vida, catorce años.
A esa edad la casaron con un funcionario del banco, sin amor, solo por elección de los padres, su primer contacto, tan doloroso, quedando preñada de gemelos, el tipo la maltrataba, no la dejaba dormir, sexualmente una máquina sin cansancio, ella inflamada, con la zona ardiendo, irritada, sin poder miccionar por el dolor y la pus, blanca amarillenta que salía, de sus genitales, sus senos con costra, enormes y con picazón desesperante. La hierbera la atendió con mejunjes, pero por el estado febril, la llevaron al doctor del pueblo.
Molesto grito ¡ Esto es un crimen! traigan inmediatamente al funcionario, que deje sus actividades en el banco, esto es urgente, es una niña de catorce.
El diagnóstico "gonorrea" contagio directo, debían tratar a los esposos, él, delatar con quien había sido infiel, encontrar la fuente del contagio y exterminar la enfermedad para evitar más casos.
En los tres meses siguientes, curaba la enfermedad y su vientre seguía creciendo, es cuando en la visita, el doctor, tengo que informarles, que escucho dos latidos, afirmo que son gemelos.
Limpieza con malva y llantén, la piel ya suave, senos frescos y altaneros, camina con dificultad, descansa del caprichoso, que no volvió a molestar todas las noches, en camas separadas, se miran en el desayuno y almuerzo, casi no hablan y que decirle a un hombre cuarentón con una flor renaciendo.
La presión y contracciones, agua aceitosa, resbala por sus muslos, gordos y apetitosos, signo de inicio de parto, ya llega la partera, han preparado los paños, toallas, el agua hervida, las hierbas, las velas y alumbradoras con mechas largas, para una mejor visión, será una noche larga, noche de luna nueva, la primerisa, ya lleva más de dos días sufriendo, pero hoy alumbrará.
Cerca de las tres de la madrugada, el llanto del primer chinito, de cabellos lacios, piel oscura, no se calla, limpio, con sus prendas y colchas, cerca al fogón, para mantener la temperatura. Llora y no para de llorar, la partera, lo acerca a la madre, que por el esfuerzo, de pujar se ha quedado dormida, limpia el pezón, coloca la boca del bebé, que extrae leche, bebe y se tranquiliza, lo suficiente para que duerma, en su pequeño moises.
A las cinco iniciaron, las otras contracciones, tardo demasiado tiempo, en el fogón se mantienen las ollas, hirviendo el agua, para la desinfección, alimentan más velas, es una madrugada oscura, negruzca, con sombras, afuera cantan los grillos con su pegajoza melodia. Los padres ya llegaron a ver al nieto, viven en tierras muy lejanas en viaje de tres días, que les avisaron que nacerían sus primeros nietos. Le busca parecido al crío y llega a la conclusión que debe ser parecido al padre, ya que ese color, no es de ellos.
Es otro niño viene de pies, la partera, aplasta el vientre, trata de enderezarlo con masajes, las piernas bien abiertas, el cuello del utero, se abre y sale un pie, con las manos, trata de juntarlos y poco a poco jalar, ya que no puede ver, el cordón umbilical, no sabe como está la cabeza, debe actuar rápido, para que no se asfixie y muera, logra sacarlo, pero no llora, limpian las fosas nasales y la mucosa de la boca, el bebé está con heces, la madre ha defecado, le dan palmazos en los glúteos, hasta que por fin llora. ¡Gracias a Dios! se llamará Juan de Dios.
El nacido es amarillo, ojos grandes, cabellos ondulados, la abuela
- este si, es nuestra sangre, se parece al abuelo, es muy bello, el nombre es preciso, Juan de Dios.
A la semana, recuperada la madre, la gran fiesta de presentación a la sociedad de los mellizos, el mayor Arturo como su padre y el menor Juan de Dios.
Invitados toda la población, la iglesia llena, el Cardenal, oficializa el rito, los padrinos, el dueño del banco y el dueño de la Hacienda Vilcahuaura, un gran acontecimiento, la llegada de dos mositos, bendiciendo el hogar.
Don Arturo siguió en sus parrandas a los seis meses, de nacidos los mellizos, llegó la noticia, saliendo de casa de las "Francesas", fue arrollado por el tren, quedando en muchos pedazos, reconocido por su ropa y su sombrero sarita, negro mandado hacer en exclusividad con su nombre.
Así Isidora, tuvo que conseguir trabajo en la hacienda recolectando, la guinda de los árboles, para poder criar a sus niños. Tan puntual y laboriosa, el hijo del dueño de la hacienda, se prendo de sus caderas, agitadas en el movimiento de extracción del fruto, sin importar lo que dijera su padre.
- quiero a la viuda, me haré responsable de sus hijos
Ella no queria nada, pronto cumpliría dieciséis, pero la convencieron y cedió a los amorios, tan diferente al difunto, él era soñador, delicado, paseaban por la orilla del mar, regresaban bordeando el río y jugaban tirando piedras, a las marrones aguas del río Paramonga en el verano, verlo entrar al mar con fuerza, mezclada el agua dulce de lluvia con el agua salada del mar, en grandes remolinos, que llevan piedras, árboles y cultivos.
Se sentia por primera vez enamorada, a pesar de lo caballero, él, también era mayor, unos veinticinco años.
El compromiso duro un año por pedido de la madre de él, que no le agrada la viuda por sus crios, pero cambio de idea, al ver como su hijo la queria y jugaba con los niños, que cualquier desinformado decían igualitos a su padre, si lo increíble parecían sus vastagos.
Ceremonia silenciosa, sin invitados, solo la familia de los dos, almuerzo, cena y a su casa, música de fondo sonido de violín con música de vals vienés.
La primera noche perfumada de rosa, sábanas blancas, tan delicado, cúspide de amor, llegando juntos al gran orgasmo consentido.
Al mes los deleites ya tenían fruto, para sorpresa, el mismo doctor, también era médico de la familia, sonriendo
-Nos volvemos a encontrar, que situación placentera, me dice Tobías, que vomitaste y te mareaste, en la escalera, extrayendo la maracuya.
Revisión, afrmativo, por los senos con la aúreola marrón, puedo confirmar, que estas embarazada, pero debemos esperar para saber si es uno o como antes mellizos o gemelos.
Tobías estaba feliz, seguro que el apellido de la familia, no se perdería, ya que él, era el único hijo del hacendado.
El gran día dichoso llegó tan diferente el parto al primero, con verdaderos médicos y enfermeras, una gran atención, con beneplácito llegaron los gemelos Santa María, Alejandro y Antonio.
Años hermosos de integración familiar, pronto cumpliría veinticinco años, los cuatro varoncitos hermosos, Tobías, les cambio el apellido, eran sus hijos.
Lamentablemente el clima cambio y aquella noche maldita, la vida cambiaria, sonido de muerte, aullido de lobos, madres llorando, la muerte acechando, el terremoto, luego el maremoto, junto con los huaycos, la lluvia, la hacienda un remolino de barro arrasando los cultivos, uniendo el mar con sus embarcaciones en tierra fértil, al amanecer, su familia había muerto, solo quedaba ella, contemplando la otrora próspera hacienda en un gran desierto sin vida.
Siguieron años de tristeza con gran dolor, otro hombre en su vida de nuevo, dos embarazos gemelares, como pescador Aquiles, se ahogo mar adentro, de nuevo se sintió sola y abandonada con cuatro niños hambrientos, trabajando en lo que sea, hasta darse cuenta, que a la gente le gustaba sus potajes, así empezó a cocinar y dar de comer a los trabajadores de las fabricas pesqueras.
Con treinta años y cuatro hijos huérfanos, prometió no enamorarse, pero llegó, el cantor, que no pidió matrimonio, solo se la llevo, como colono a fundar una ciudad, año tras año embarazada, los machitos llegaban, hasta que por fin nació una niña, aquí dijo - Será Azucena, la reina del hogar.
Pero era tan fértil, que ni tomando apio, ruda, orégano, vino borgoña hervido, abortaba en forma natural, cualquier enfermedad mataba a los críos.
Cerca de los sesenta años, dió a luz a su último hijo Juan de Dios Jorge, con él cerró la fabrica.
Perturbada en la cena de "Bodas de oro" le dijo al sacerdote, he tenido veinticinco hijos. ¿Dios dónde están mis hijos?
-¿Por qué sufrí tanto?
Todos callados mirando a la abuela vestida elegantemente de azul con cuello blanco bordado, el bouquet de margaritas, el abuelo silencioso, hemos tenido buena vidas, a pesar de los designios del creador
-Vieja hemos cosechado y este el el productoson cincuenta años de unión
Hoy la miró en la cama una bebé, asistida por los nietos, bisnietos y tataranietos, algunos de sus hijos viven, pero son tan ancianos como ella.
Veinticinco hijos que la tierra sepulto.





Comentarios & Opiniones
Saludos. Una obra cargada de amor, tragedia y resiliencia. Una mujer marcada por sacrificios, pérdidas y esperanza, dejando un legado humano inolvidable. Una historia conmovedora sobre la fortaleza frente a los designios del destino. Impresionante.