INICIO

INICIO
La primera vez que la vi desnuda
temblé, como tiembla un niño
frente a un juguete, mucho tiempo deseado.
Mis manos no se atrevían a rozar sus senos.
Oscuras corolas, lunas coronando sus pechos, pequeños pezones
similares a montes por donde otear
el horizonte de su vientre.
Sus muslos, columnas dóricas dignas del templo de Hera
custodiando la frondosidad de su sexo.
Me temblaban los dedos
intentando rozar su piel, sin saber por dónde empezar la caricia.
De súbito tuve ganas de escapar
temí desnudarme, frente a tanta belleza.
Sentí vergüenza de mi cuerpo
y no pude hacer nada
cuando sus manos fueron desabrochando
los díscolos botones de mi camisa.
Luego... no hubo luego que pudiese explicar.
El placer unido al amor
resultaba inexplicable.
Un placer compartido
un escape de palabras
un patear desnudas
lo que nadie podía prohibir
y habían prohibido.
La miré y mis ojos antes tan tristes
aprendieron a sonreír tan solo
con ver, mi reflejo en los suyos.
mabel escribano ©
imagen: google
2 min



