La Dama Solitaria.

Mujer de carácter fuerte
y alma noble,
en tu mirada habitan batallas antiguas
que no te atreves a nombrar.

Mirarte es ver años de trabajo,
dedicación, entrega y compromiso;
es contemplar una vida sostenida
por la vocación y la constancia.

Hace tiempo hiciste un juramento silencioso
a tu causa:
volcar el amor en cada niño que miras,
en cada padre que escuchas,
ofrecer aquello que, por designios del destino,
la vida te negó.

Eres madre de cada paciente que llega,
abuela sabia disfrazada de amiga,
guardiana de la certeza
de que hay lazos
que no necesitan sangre
para sentirse en el alma.

Verte caminar por los pasillos
es ver a una mujer que,
aunque la vida la sacudió
y la puso a prueba,
se mantuvo firme como el roble,
con raíces profundas
y dignidad intacta.

Sabes que hay días
en que el alma llora,
que el sol no quiere salir,
que cuesta levantarse y seguir.
Pero también sabes
que tu disposición de servicio
va más allá de cualquier pronóstico.

Te he visto en tus peores momentos,
en esos días en que la vida pesa;
te he visto crear resistencia,
forjar una inmunidad admirable
frente a la adversidad.

Muchos ven en ti a una mujer resentida;
yo veo a una mujer
que se convirtió en protagonista
de su propia historia,
que no se dejó intimidar
por los retos que la vida le impuso.

Una profesional que sigue eligiendo servir,
porque entiende
que la medicina va más allá
de una visita médica:
es humanidad,
es presencia,
es amor.

Eres camino, excelencia, entrega,
servicio, paciencia y compromiso;
un legado que sigues escribiendo
día a día,
en cada encuentro.

Que la vida te devuelva en salud
cada entrega que hiciste
sin pedir nada a cambio
más que la satisfacción de servir.

Y que lo que has sembrado
con fe, propósito y amor
no muera jamás,
sino que florezca
en cada vida que tocaste.