Un Nuevo Amanecer

poema de @narramatrix

Despuntaba el alba y Juan mantenía sus temblorosas manos debajo del chorro del agua caliente. De ese modo, creo que trataba de contener en su interior esa turbulenta mezcolanza de rabia y anís dulce que recorría sus venas. Había dejado entornada la puerta del baño y yo lo observaba con desvelo desde el cuarto de enfermería, del mismo modo que una autora protectora vela por el protagonista de su relato, socorriéndolo del mal y resguardándolo de la angustia.

Al inicio del turno, una vez repartidas las primeras tareas, me acerqué a verle de soslayo. Infringiendo las normas, le proporcioné un tubo de crema que se prometía casi milagrosa contra el agarrotamiento, pues tras varias noches mal dormidas, encogido en el desvencijado sillón de la habitación, sus maltrechas articulaciones habían dejado de responder como debieran.

Para colmo de males, sus pantorrillas se encontraban en la misma situación, o peor. Más bien recordaban a un enorme y perezoso oso pardo que continuaba dormitando, ajeno al insistente trino —ese gorjeo alegre y musical— de las tempraneras golondrinas que Juan, incorporándose apenas, lograba sorprender mientras surcaban el cielo al cálido abrigo de los primeros rayos de luz.

— María: Otra mañana comienza, y sin duda se inicia una nueva jornada que bien podría resultar insólita — me decía a menudo, esbozando una sonrisa leve, pero sincera.

Hablamos de la alborada: un espectáculo natural que, con la apertura de las ventanas, permitía la intromisión de un bendito soplo de aire fresco, recibido como agua de mayo para mitigar el ambiente cargado que imponía la poderosa calefacción del edificio. Aquel aliento limpio secaba las sábanas empapadas por el sudor de los pacientes y renovaba una atmósfera viciada, que minuto a minuto, se volvía más irrespirable bajo los efluvios matutinos de los acompañantes.

Las primeras lluvias otoñales solían coincidir en el calendario con el cierre del mes de septiembre, y los días comenzaban a oscurecerse prematuramente, envolviendo las estancias de la planta cuarta en un halo persistente de melancolía, aunque con la luz recién nacida, el Hospital Ferroviario de Madrid parecía concederse a sí mismo una breve tregua.

Mientras Juan inspeccionaba minuciosamente su rostro en el espejo, continuaba achicharrando sus manos bajo el grifo, procurando robar toda la serenidad posible al hilo de agua que descendía manso y puro hacia el pozo gravitatorio del desagüe. Era evidente que buscaba una respuesta amable en el reflejo: el regreso imposible de la añorada mirada de su niñez, compuesta por aquellos expresivos ojos verdes de curiosas pupilas adimensionales y un singular lunar alojado en el iris derecho.

Mas yo creía conocer la causa de esa obsesión tan mundana. A fin de cuentas, como profesional diligente y observadora constante, intuía que Juan albergaba un sentimiento desolador que, a la postre, trascendería los límites de su organismo biológico.

Y sin embargo, debo decirlo: también fue una persona afortunada. Disfrutó del tiempo suficiente para experimentar cómo un hijo quiere a un padre, y para llegar a querer a un padre como si de un hijo se tratase.

Incluso, —y esta es mi opinión— Juanito, como le llamaban sus amigos más cercanos, alcanzó cierta sabiduría. Cuando su fe se tambaleaba, se repitió una y otra vez que la vida no podía ser un acontecimiento carente de sentido y que, por el contrario, debía ser condición sine qua non que poseyera una continuidad.

Ahora bien, confieso con pudor que el cumplimiento estricto de mi deber no me eximía de padecer una honda aflicción. Para alejarme momentáneamente la pesadumbre, solía jugar a realizar pequeños cálculos absurdos. Si sumáramos los kilómetros pateados por Juan —todos esos recorridos cortos que había realizado a pie por las galerías y pasillos a lo largo de todas las semanas de ingreso—, bien podría decirse que había alcanzado la distancia propia de entrenamiento de un buen maratoniano.

No sin cierta malicia aquella costumbre me resultaba entrañable. Sus caminatas le hacían parecer un pequeño Lazarillo de Tormes, con la salvedad de estar guiado por un perro invisible, que a la par que tiraba de la correa, olfateaba a golpe de hocico cada esquina en busca de algún mendrugo, y de paso, del lugar idóneo donde aliviarse.

Pero la cosa no acababa ahí. Pues poco después, mi buen Juan decidió complementar su rutina con la adopción de un nuevo itinerario, ya entrada la media tarde. A esa hora le gustaba acercase al despacho y solicitar —en broma o en serio— un billete de ida y vuelta para disfrutar de un desplazamiento más largo que, según afirmaba, además ofrecía un variopinto paisaje entre paradas. Se refería, al viaje que le proporcionaba el tren de Cercanías imaginario, cuyo trayecto discurría desde la cabecera del corredor principal hasta el apeadero final, ubicado entre la sala de ascensores y el bloque de escaleras que comunicaba La Cuarta con el resto de las plantas.

Era precisamente allí donde Juanito se detenía a perder el tiempo ajustando un viejo reloj redondo de agujas, marca Cándido Valverde, fabricante que desde principios del siglo XX había suministrado esta maquinaria a RENFE y, por extensión, a hospitales como el nuestro. Porque Juan, aunque no siempre predicara con el ejemplo, era un hombre amante de la puntualidad, y ¡vaya si le llevaba los demonios cuando el tic tac del dichosito reloj se retrasaba sin ton ni son!

Juan era, además, una persona profundamente analítica, atenta a detalles que pasaban desapercibidos para la mayoría de usuarios y trabajadores del centro. Cualquiera se habría fijado en la nueva máquina de bocadillos, en el ingenioso cartel ideado por la unidad de donación de sangre, o si me apuras, incluso, en los grafitis desvergonzados que decoraban la trasera de las puertas del baño de caballeros. Pero a Juan le interesaban otros pormenores: ese escalón del vestíbulo cuyos bordes redondeados delataban el desgaste de miles de pisadas, o el balaustre de latón que coronaba el pasamanos principal, erosionado por incontables agarres de manos con la misma paciencia que su compañero de mármol.

Alguien podría juzgarlo erróneamente y tacharlo de insano, atribuirle una personalidad turbulenta. Pero conviene entender que, cuando las expectativas de mejora se extinguen, el afectado desarrolla un profundo déficit emocional y cognitivo, un estado de indefensión adquirida del que resulta muy difícil escapar. Yo ya había actuado con destreza en casos similares.

El caso es que cuando Juan perdía los nervios y planteaba su congoja a grito pelado, yo trataba de apaciguar su ansiedad susurrándole al oído que no se equivocaba en sus cavilaciones. Cuando me hablaba del futuro incierto que le aguardaba tras el desenlace que se aproximaba, le aseguraba que La Ley Universal dictaba que la distancia aparente carecía de importancia y que, aun en la separación, uno podía sentirse unido a los suyos con más fuerza que nunca. El Cosmos, la Naturaleza, la Madre Tierra y Dios siempre lo habían permitido así.

Sobre este punto yo no admitía discusión: mis convicciones religiosas lo avalaban. Otros pequeños debates, sin embargo, eran harina de otro costal. Durante los descansos, mientras compartíamos a escondidas un cigarrillo en el almacén discutíamos acaloradamente sobre asuntos tan trascendentales como la conveniencia del casamiento de la hija del Marqués de Chapinero, aquella telenovela colombiana de sobremesa. El tema era tan farragoso, que para resolverlo, habríamos necesitado un Jurado Popular, y quizás, una comprensión profunda de los postulados de los ya desaparecidos Albert Einstein o Stephen Hawking. Sea como fuere, al final ambos regresábamos a nuestros quehaceres prometiendo retomar la conversación al día siguiente.

Para cuando Juan perdió definitivamente a su padre, dejó de golpe la pesada carga de sus temores. Supo aparcar in situ un duelo que ya había vivido anticipadamente, en silencio y con vergüenza, casi de forma obscena. Una vez desahuciada la visión perturbadora de la muerte, su aliento fue capaz de soltar a los cuatro vientos la tortuosa asfixia que durante tanto tiempo le había privado de esa imperturbabilidad libertaria que todos los mortales anhelan.

Desde entonces, ya no volvió a hervir sus manos en el lavabo. Alcanzó la presencia de ánimo absoluta que siempre había perseguido y que, más tarde, habría de sostener con frugalidad en los pasos venideros de la vejez.

Y más allá, traspasadas las fronteras del tiempo y el espacio, Juan padre y Juan hijo involucionaron juntos, hasta transformarse en una forma de vida más sencilla y menos destructiva de la naturaleza. Finalmente, ambos acabaron su metamorfosis integrándose como el sustento elemental que forma parte activa del ciclo del musgo, asistiendo, como invitados de excepción, a la excelsa ceremonia de cada nuevo amanecer.

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