Aguacero y Tormenta
Mi cuerpo y mi corazón henchido
venían sobre cuatro anillos.
Fui yo esa noche,
una efigie andante en retorno,
un muñeco elástico volviendo,
una figura fría recorriendo,
un circulo invisible,
un cuadro deslucido,
una guerra terrible,
un cielo desnutrido.
Venía sentado en una boca luminosa,
mi casa obscura me esperaba,
el reloj marcaba las 19 y más,
y un ruedo de caja se sostenía.
Las velas iban a ser nuestra compañía,
nuestra salvación,
nuestras estrellas,
las velas.
Las velas como mástiles,
como guerreros se volvían agua,
ante las llamas que las destruían,
un sentir como de vida,
en su cera devolvían.
Fantasmas acuáticos
su grito elevaban atroces,
afuera todo era muerte,
sobre la ciudad desierta
que se escondió en las sombras.
No había seres vivientes afuera,
todo se escondió.
Los Ángeles extendía su manto.
Se abrigó como si lo único
que salvara su esqueleto
fuera una bandera eterna.
La tormenta arreciaba sobre mí,
sobre los árboles tristes,
sobre caminos de luto,
sobre la terrorífica noche.
Los ojos abiertos o cerrados,
no describían diferencia,
y ahí sentado estaba yo,
tragándome un poco la vida,
alegre y sintiendo,
alegre y viviendo,
este invierno eléctrico,
que vi plasmado en el llorar,
del cielo siempre infinito.



