Día de jardín II
FLORES DEL AMOR
Mística de crepúsculo y el lienzo fluorescente.
Mirlo nocturno, profunda nota purpura.
Liviana tempestad fragando la llanura:
así fue ser un ser querido, así fue quererte.
Tonatiuh, al ver a Xóchitl peinar su cabellera
no sintió al descubrir en sí la muerte
un asombro tan grande al mío al conocerte,
al verte por vez primera cruzar la pradera.
Fuiste deidad; montaña desnuda al mediodía.
Serenidad, fulgor de arboleda silente.
Nube de edredón, tersura de rayo fluente.
Fuiste lluvia y a tu vera planté mi idolatría.
Vertiste en mí el éter, el vino de tu etereo;
Las musas lágrimas de múltiples matices
que forasteras buscaron un hogar con deseo
de albergar semillas y dormirse raíces.
¡Tú de mí! ¡Yo de ti: feliz lunar de tu seno!
La pasión del devoto frente al santuario,
el índigo límpido de un amarillo pleno.
La idea, el sueño merodeando tu imaginario.
De ti alguna vez
fui ¡y qué bello fue!
Y hoy qué triste es…
Esperar dentro de esta interminable distancia,
revivir lo que tuve, lo que no pude ver;
imaginarnos desde el rincón de nuestra estancia
recreando todo lo que fue, lo que pudo ser.
Delirar, delinear tu bosquejo, tu cintura;
destilar de las penumbras un haz, tus cuarzos
de tigre; elevarnos conforme sola murmura
Soledad; al compás, ¡vals de contritos trazos!
Triste es rememorar en las yemas sensaciones
de épocas lejanas, los soles de otra era;
evocar de entre las fauces tu esencia; canciones,
y sentir que de nuevo fluyo en tu rivera;
en los albores irisados de tu cadencia,
el suspiro que eriza mi nuca, mis huesos;
el aroma a tu vestigio, la reminiscencia
que se enciende cuando transpiran los cerezos
Los desvelos que te fuiste, que escribo; revivo
tiempo por preservar un poco de tu voz, vos,
¡a nos de este milenio tan autodestructivo
pretendiendo pronunciar mañanas de adiós!...
Y si algún día llegara el perdón de los años
y nos juntan bajo algún celaje de junio;
viejos, sabios ‒antes confidentes ahora extraños‒,
ven y recuéstate, percibe el preludio.
Mira el plano morir, teñirse de oro tardío;
los nobles árboles, el prado que se esmalta
de llovizna; olvido y melancolía; el rocío
plasmado en las copas que brotan escarlata:
¡Clavel y carmín,
la dalia, alelí,
lirio y jazmín!
Ven sobre mi pulso, acuéstate, escúchalas fluir
en el aguacero musical; sutil llanto
de lo que nunca dije, lo que no supe decir.
Ven. ¡Y por fin sabrás por qué te he amado tanto!
Lo que fuiste. Lo que fuimos sembrado en un verso
que no leíste de mis dedos de hojarasca.
Las raras deshoras que idealicé tu regreso
contemplando el abstracto de mi pared blanca.
Sabrás al fin que no lamento nada el amarte
a pesar de todo este silencio y vacío;
sin importar que me consuma hasta el hastío
el impulso de plasmar tu ausencia al recordarte.
¡Por qué decidí huir tan lejos y no olvidarte,
y cómo he ido errante arrastrando tu fantasma
sin encontrar paz o sosiego, algo de calma!;
buscándote en cada verano de amante en amante.
Bien saben los dioses que yo te adoré como a un dios;
que me dejaste ‒salvo esto‒ sin más qué darte.
Tú tienes el Amor; yo, la Soledad y el Arte.
Ven. Estas flores nacen solo si estamos los dos.




