Entre amor y eternidad

Señor, gracias por haberme permitido conocerla,
por cada instante en que su presencia silenciosa
llenó mi vida de calma, de amor, de luz.

Gracias por su lealtad, por su alegría sencilla,
por esos ojos que entendían más de lo que yo decía,
por su risa en mis días grises
y su consuelo en mis noches solitarias.

Ahora que ya no puedo tocarla,
te la entrego, confiando en Tu cuidado.
Que su alma corra libre, sin dolor, sin miedo,
que sienta Tu abrazo en cada momento,
que sepa que la amé con todo mi ser.

Señor, gracias por la vida de Dizzy,
por la lección de amor silencioso que me dejó,
y aunque mi corazón duela por su ausencia,
confío en que en Tus manos su espíritu descansa.