Maestro De La Vida.

Muchos ven en ti
a un profesional entregado a la causa,
yo, sin embargo, veo al hombre fuerte
que no dejó que un diagnóstico
definiera su destino.

Ese que la vida impuso sin preguntar
pero jamás quebró tu espíritu guerrero.

Cuando el camino se volvió difícil
mostraste de qué estabas hecho:
te levantaste cuando muchos pensaron
que había llegado tu final.

Resurgiste, demostrando
que la resistencia de tu ser
es inmune a toda circunstancia.

Verte caminar por los pasillos
es reconocer que el propósito de Dios
contigo va más allá de lo terrenal.

El cielo sabía
que la tierra merecía aún
contemplar tu grandeza,
tu sencillez, tu corazón humano,
tu mano amiga;
esa que entiende que la medicina
es más que vocación:
es arte, es luz, es fe.

Cada paciente que llega a ti
encuentra un amigo,
esa voz pacífica que escucha,
que consuela,
y convierte la consulta
en un refugio,
en un hogar donde el mundo
se vuelve más liviano.

Nunca he visto en tu rostro rabia,
ni amargura:
siempre llevas puesta una sonrisa,
porque sabes que existen medicinas invisibles
que curan el alma.

Te observo caminar firme,
con la armadura puesta
para enfrentar los obstáculos,
pero con el corazón en las manos,
siempre dispuesto a ayudar al prójimo.

Eres mucho más que un médico:
eres excelencia, sabiduría, dirección,
convicción, profesionalismo, entrega
y un legado infinito.

Sin olvidar que también eres esposo,
padre, colega y amigo;
un ser humano maravilloso,
lleno de virtudes.

Maestro de la vida,
tejedor de sueños,
cada día despiertas
con un solo propósito:
seguir cambiando vidas,
escribiendo en otros
nuevos comienzos.

Quienes te conocemos sabemos
que los hombres como tú
no nacen dos veces:
pueden levantarse muchos después de ti,
pero jamás volverá el universo
a tener otro Héctor Rodríguez.