JUEZ PARTE Y VERDUGO

JUEZ, PARTE Y VERDUGO

Si fuera más valiente… la noche había caído pesadamente sobre mí, y lo vi, allí estaba, arrinconado en una mísera mesa de un bar, arrugado, envejecido entre una botella de vino.

Los pensamientos de Susana iban y venían a su mente, como un maldito bucle sin fin. Se atormentaba, recorría su casa con peregrina vocación, queriendo borrar con sus pisadas la imagen de aquel hombre, que cinco minutos antes había contemplado en esa taberna.

Lo conocí al instante a pesar de los años que han pasado y de todas las experiencias adquiridas depositadas como despojos en mi propia existencia… Indudablemente era él… Dios ¡¡era él!! Mi amargo amor.
Ensimismada en estos pensamientos Susana como autómata, había cogido un cuchillo de la cocina y un escalofrío inexplicable sacudió todo su cuerpo.
Mataré a ese maldito bastardo. Seré la justicia de Dios. Lo cogeré por el cuello y lo destrozaré como él ha destrozado mi vida.
Sin temor, volvió otra vez al local a avanzadas horas de la madrugada, sin tener en cuenta la soledad ni la oscuridad. Ella no solía frecuentar esos lugares marcados por el alcohol y la desesperanza, un bar tipo taberna. Pero aquella noche los hilos invisibles del destino dirigieron sus pasos hacia aquel lugar.
Aquí estás miserable, esta vez no te escaparás. Hiciste de mí vida una desgracia.
Susana recordó todo lo vivido como si fuese ayer. Roberto la llevó a un lugar solitario, ella era una niña de doce años, muy coqueta para su edad, ingenua y enamorada por primera vez. Él estaba embobado en sus dieciocho años, prisionero todavía del deseo sexual adolescente.

Esta vez se acercó despacio, él estaba bebido y ella con el cuchillo en la mano se sentó frente a frente y por debajo de la mesa le puso el arma en sus genitales.

_ ¿Me conoces? Perro maldito, ¿recuerdas a una pequeña, inocente e indefensa niña? ¿Recuerdas cabrón que sin yo provocarlo te excitaba? Hasta que un día me tomaste a la fuerza sin conmiseración. Me violaste una, dos y tres veces hasta cansarte, sin compasión ni remordimientos, luego huiste como un perverso cobarde. ¿¡Me recuerdas hijo de puta!? ¿Te pongo cachondo ahora? Hace treinta y ocho años… Ni un solo minuto de mi existencia he sabido lo que es el verdadero amor. Porque tú en ese día quemaste la sensibilidad de mi piel.
El hombre la miraba con curiosidad y terror. Una mujer de cincuenta años con su rostro surcado por la amargura, y muchas grietas en su blanca piel. Susana lo observaba desafiante.
Sintió el roce del cuchillo en su entrepierna quedó estupefacto. La encontraba cara conocida, pero, no sabía de dónde.
En su borrachera algo recordó, esos ojos grandes, verdes profundos, sí, no podía ser otra que Susana, su amada Susana, la causa de su prolongada embriaguez. Todos estos años no había vivido una vida normal. Los remordimientos los silenciaba amordazándolos con alcohol. Nadie lo conocía sobrio.
Hasta aquí llegaron tus días desgraciado
_ ¿Tienes algo que decir antes de morir, amor mío?
El hombre estaba confundido, sentía la presión y la incertidumbre, por fin dijo algunas palabras mal habladas y babeantes, que apenas se oían.
_Perdón, no tengo escusa, era muy joven, pero, estaba enamorado y enloquecido, no supe controlarme, tenía el diablo en el cuerpo, estaba poseído por tus ojos, por tu sencillez, por tu belleza, no pude, lo siento. Mírame no soy nadie, no tengo nada, soy lo peor lo siento…
Susana no se estremeció, siguió con la dureza de corazón, hundió un poco más el filo del cuchillo en sus pantalones húmedos ya por el miedo y continúo hablando.
_ ¿Sabes lo que he vivido? Tuve una hija en mi niñez, una pequeña que la arrebataron de mis manos, me la quitaron y la dieron en adopción sin yo saber que significaba ser madre. Fui el hazme reír de todo el barrio, todo el mundo hablaba de mí. Mis padres no pudieron con la culpa se separaron y me enviaron a vivir con mi abuela. Mi abuelo se creyó que yo era su mujer y me abusó. Maldita vida que llevo, lo maté estuve en la cárcel por matar a un violador. No me tiembla la mano por lo que voy hacer.
Y así fue, terminó de enterrarle el cuchillo en la ingle del hombre, se tomó el vaso de vino que él bebía y se marchó sin mirar atrás, sintiéndose juez, parte y verdugo.

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