PEQUEÑA

poema de Penélope

El esqueleto de un papel dibujaba un vuelo manso,
reproduciendo el declive de unos párpados vencidos.
El espesor de la brisa lo balanceaba a contraluz del ocaso,
exhortando una melodía que tiritaba en los labios del olvido.

Tú que me naciste pequeña, en al albor prematuro.
Tú que me moriste diminuta descansando un dolor indoloro.
Aunando los esbozos de tu cuna llorona yo te imploro.
En los claustros bastardos que sollozan tras tus pasos diminutos.

Tú que me diste risueña, las bondades de nada y el tesón de todo.
Y en la cabalgata de tus piernecitas pedaleando en el aire
trotaron dunas de sueños en la noche sonajera.
Y la arcilla de tus besos me supo a feligreses de canela.

A tí que te envolvieron en retazos de saco, la savia polvorienta.
Se le otorgó al verdugo tu nombre ensañado de himno temprano.
Se le extirpó al hígado el calambre de lo humano como podredumbre de muela.
A tí te lleva el vértigo de mi pasado como pináculo del alma, pequeña.

Tú que me buscaste en el útero de los ladrillos, bamboleando como hada de las flores.
Tú que te me despediste tan tranquila, beata de mis días esculpidos en todos tus colores.
A tí que te me irrumpieron tan dormida. Y te preferí con ese mal de vida sollándome los talones.
Pero te negociaron jornaleros deleznables y hoy te aguardan aún frescos, los lirios de mis amores.
Tú que no fuiste mía, ni de la literatura poniente en mis latidos que sobreviven.
Ni de la clara de sábana en la que se marchitó tu hipo contracturado.
Ni de nadie. Tú que en el cortometraje de tus manitas atiborradas de caricias
evacuaste las aldeas de tantas carantoñas que contigo te llevaste.

(Dedicado a Avelina).

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