Hacerte el amor con poesía.

I
A veces ellas, no pueden explicar la verdadera vehemencia: las palabras.
Tienen tanto silencio y mentira, son tan raudas y efímeras,
prefiero encender un candil y mirar tu semblante en el umbral,
y solo tus ósculos oliscar, solo entregarte mis besos, ahí, en tus hombros.
II
Donde nunca encuentro lugares adustos, cuando son almadias mis manos,
y se desplazan en tu torso perfumado, tan endeblemente, como si tocaran los velos de tus labios,
cuando el viento veraniego y acariciante roza la floresta, así delicadamente quiero palpar tus pechos,
quedarme ahí para regodearme, y descender para que mi sien se turbe de tus idílicos sueños y así volverte a sentir,
y en las sombras azulinas de la noche mientras yacías en el lecho acostada, me acerque lentamente a ti,
para abrazar tu espalda y rozar con mis dedos tus areolas cálidas evocando el movimiento de las olas,
besando tu nuca mientras mi respiración intempestiva se filtraba en tu piel, ojalá y puedas comprender que eres como esas temporadas secas donde la lluvia nunca arrastra brisas oscuras.
Cuando deslice mi labio en tu oreja recordé todas esas noches en las que estuve a tu lado, cada pensamiento se despuntaba de mis memorias,
hoja tras hoja cayendo en tu cuerpo transformándose en caricias tornasoladas,
al mismo tiempo que mi mano se paseaba por debajo de tu ombligo cuando mis suspiros se perdían en tus oídos. Así cada nocturno volvía a estar contigo.
III
Cuanta bonanza y apacibilidad existe ahí, en tus piernas, como unas noctívagas mareas,
y cuando solo el matiz bermejo de las bujías fluye en tus mejillas, como reticentes dedaleras,
como un islote azur cubierto por un millar de rosaledas obnubiladas, así son tus caderas,
quedarme mucho tiempo en tu espalda, y escuchar tu corazón que trepida como una espadaña.
IV
Oh, cuando tus ojos rielan y tiritan como una inefable eternidad, cuando tu corazón desnudo rebosa en las marejadas,
con su negrura transpuesta, descended, oh tempestad, y solaza su alma que vaga con el firmamento y sus brazadas,
aunque a veces la ocasión es fúnebre, a veces lúgubre, ¿estarás para mí, ahí en los roquedales de las costas?
en mis naufragios estarás, en mis nostalgias exangües, donde ya no hay odas y versos, solo musas ensangrentadas.
V
Cuando tu piel desnuda, solo se viste de la pálida luz de la luna,
tu cuerpo despojado de sus ropas, como una rosa aromatizada y desnuda,
en tu piel cayeron letras y palabras, como hojas de otoño que hundió tu corazón,
y tu poeta recoge esos vestigios de ópalo, para entintar un poema y que te ahogues en mi razón.
VI
Cuantos poemas se ocultan en tu cuerpo, cuántos hombres han estado contigo,
y no lograron leer las líneas poéticas que embellecen desde tus ojos hasta tus pies,
cuantas palabras y pensamientos ha callado tu corazón que de tu boca salen como fríos desdenes,
comprendí el lenguaje que se anidaba en tu pecho, con cada beso,
descubrí pasiones y emociones hilvanados con silencio y tinta, en cada verso.
VII
En tus labios se ocultaban tibios aromas con sabor a poesía,
y tu cuerpo solitario, ensombrecido como la noche que en tu cuello tirita,
así me gustas, cuando te atavías de la luz de la luna,
cuando aparecí en tu sueño, en cada beso que sucumbía.
VIII
Y en uno de esos ocasos en el que el día
se despunta para diseminar la lozanía,
que se riega en tu cuerpo desprovisto, cuanta ordalía
diseminándose en cada ósculo, en cada memoria.
IX
Recuerdo cuando desde lejos te miraba, tu mirada alicaída se perdía
en la mía y a veces mi espíritu se hundía igual que una almadia,
cuantas veces sin decirte nada quise hurtarte un beso,
y amurar mis brazos en tu cuerpo igual que un cielo negro.
X
Mi amor por ti es como un lobo hambriento,
que vaga en las noches en un firmamento estrellado,
ululando en el plenilunio hallando tu amorío ensangrentado,
sediento de tus pensamientos; hacerte el amor debajo de una bandada de cuervos.
XI
En el diurno soy un verdugo irascible y noctívago,
y al caer la noche un vampiro adosado en el umbral de un lago,
esperando que duermas para sajar la nocturnidad y dadivarte
versos umbríos, rebosantes de oscuridad vehemente.
XII
Mis manos recorren tu cuerpo igual que una aciaga serpiente,
quiero fundir mi cuerpo en el tuyo igual que la vida hendida en la muerte,
quiero que te regodees con mis lisonjas y que las evoques cuando divises esta luna palpitante,
mi corazón umbrío yace abierto, igual que un ataúd a la luz de la noche.

Comentarios & Opiniones

ORTIZELBA Cecilia Garibayven

Bello hilván de escritos, de especial significado. Un gusto leerte Christian. Saludos.

Critica: 
JAIME REYES(JAIME REGAL)

bellas letras hay en tu obra, es un gusto leerte, saludos y amistad.

Critica: 
Christian Iván Jiménez

muchas gracias Jaime, y que bueno que te gusto Ortizelba, es importante conocer el punto de vista de una mujer, un abrazo Ortiz.

Critica: 
Carlos Castellon

que bella obra

Critica: