Chao y adiós.
En las brasas
de mis ojos,
se murieron
tus recuerdos.
Mi blanca almohada
extinguió tu perfume.
Mis tersas sábanas,
olvidaron tu figura.
Mi austero y ya cincuentón
rojo ropero, latiendo fuerte,
acaba de arrojar al viento
todo tu guardado equipaje.
Rumió durante muchos meses
hasta planear esa estrategia.
Para hacer de una vez su catarsis
y así, de una vez por todas,
mandarte a la tierra de los muertos
y día tras día, noche a noche olvidarte.
Mi ardiente verano,
acaba de tener un respiro.
En este febrero, al fin ha llovido,
dice la ciencia que pronto morirá,
esta triste e instalada en mi sequía,
que me tenía prisionero y en agonía.
También me lo cuenta,
mi tan inmenso mar.
Ayer al atardecer,
a su lado me senté.
Me colmaron de caricias
sus saladas y hoy calmas olas.
Desde hoy, te digo chao y adiós,
hoy he decidido volver a encender
una por una, mis más de mil
amarillas y luminiscentes farolas.



