Zorzales en el tiempo

poema de Luli

Zorzales en el tiempo
Cuarenta días que la tierra amarilla y marrón de ese suelo olvidado no recibía tregua, ni siquiera una o dos gotas de lluvia, y a lo lejos, en el horizonte, se divisaban dos o tres nubes blancas e hinchadas que presagiaban una tormenta de verano, de esas agresivas y peligrosas, con vientos pendencieros y granizo, de esas que dejan huellas, o de esas calmas y sutiles, dignas de disfrutar.
Rauli se concentraba en esas nubes, tratando de acercarse a ellas, al menos con la vista, el aire hirviendo formaba, a lo lejos, un hermoso espejismo de calor, el cual fue atravesado velozmente por algo, o alguien.
A esa hora, Rauli estaba seguro de tres cosas; ese día era el más caluroso que había vivido en sus sesenta y tantos años, el vehículo que se acercaba rápidamente por el acceso de tierra y pedregullo no pertenecía a nadie que viviera en el pueblo, e incluso había adivinado que se trataba de una camioneta, por el sonido y por sus luces encendidas que estaban ubicadas bien por encima del rodado.
El calor que abrazaba la hora de la siesta ahora era más asfixiante. Haciendo visera con su mano derecha, Rauli tapó el sol para contemplar cómo la camioneta blanca se acercaba más y más. Luego, supo, gracias a la polvareda que había cesado parcialmente, pero tampoco se había dispersado en su totalidad debido a la escasez de viento, que el vehículo ya había circulado frente a los hoteles en ruinas y el restaurante abandonado y que se había detenido, al menos por instantes, frente a la covacha donde vivía Lupa años atrás.
El pueblo de Foron, ubicado al sur de Santa Fe, bien limítrofe a Buenos Aires, era un pueblucho de casi dos mil quinientos habitantes. Como la mayoría de ellos, su crecimiento era lento y casi nulo; las fábricas no podían prosperar en él, no existía turismo ni lugares de atracción
El Hombre frena su vehículo abruptamente justo frente a Rauli, pero no desciende, solo abre la ventanilla. Rauli tenía razón, era una camioneta importada, cero kilómetros y no pertenecía a Foron.
—¿Tenés premium? —preguntó el Hombre con aire de superioridad y con expresión desesperada.
—Buenas tardes, caballero. No. Aquí solo se vende super-. Contesto Rauli educadamente, secándose la frente sudorosa con la manga de su camisa celeste.
El hombre puso primera y, haciendo chillar las cubiertas, frenó justo al lado del surtidor.
—Perdón, jefe, solo estoy ordenando algunas cosas y limpiando —dijo Rauli mientras miraba los vidrios relucientes de los surtidores—. Son las tres; el dueño solo nos permite despachar recién a las cuatro-.
El Hombre frunció el ceño, y con rostro sorprendido tiró su cabeza hacia atrás; parecía disgustado. No insistió; tal vez sabía que en esos pueblos diminutos la siesta era sagrada, o que quizás los horarios eran inflexibles.
—¿Dónde se supone que puedo esperar una hora? La camioneta está en reserva y no creo que llegue a otro pueblo —dijo El Hombre, tranquilo pero devastado.
—Bueno, no sé qué decirle. Los negocios también suelen abrir después de la siesta. Puede esperar aquí si desea. Detrás de los baños se inclinan y reposan unos cuantos sauces llorones que brindan una abundante sombra; quizás pueda esperar allí.
—¿Qué ha ocurrido con esos hoteles? Parecen destruidos, ¿y el restaurante? —
¿Hubo una guerra aquí? —bromeó El hombre con una tímida sonrisa en su rostro.
—Uhhhh, es una historia muy larga y extraña. De esas que solo ocurren y se cuentan en los pueblos. ¿Usted viene de la ciudad, no? Agrego Rauli después de hacer una pausa y estudiarlo minusiosamente de arriba hacia abajo.
-Si. En una época de mi vida también viví en un pueblo pequeño. Luego los vientos de la vida soplaron fuertes, y ahora hace añares que soy de ciudad-. Respondió El Hombre.
—Bueno, mire usted, estaba a punto de empezar unos mates; sé que el calor es agobiante, pero si quiere y le interesa, le convido unos amargos, y le cuento la historia de cómo el restaurante y los hoteles terminaron de esa manera. Siempre me hace feliz recordar esos buenos tiempos.-
—¿Tengo otra opción? Preguntó sarcásticamente El Hombre, ahora con una amigable sonrisa.
—Hace muchos años, en los años cincuenta más o menos, en esa vieja casita que usted vio, a su izquierda cuando venía hacia aquí, y seguro se detuvo a contemplar, vivía una humilde pareja, el Eusebio y la Urbana. Vivían de la crianza de unos cuantos cerdos que poseían, gallinas, pollos, pavos y una enorme quinta; en esa época con eso uno podía subsistir e incluso prosperar. La gente del pueblo compraba sus animales y vegetales, a veces los intercambiaban, y así ellos transcurrían días felices, sin apuros, sin estrés, sin deudas. Eran dos personas rústicas, de valores y principios bien forjados, trabajadoras.
Más tarde, en el sesenta y cinco, sesenta y seis o sesenta y siete, nacieron sus dos hijos, mellizos. Nunca supe realmente sus nombres, ya que eran dos personas excluidas, relegadas, marginadas por sus pares del pueblo. Solo puedo decir que a uno lo llamaban Lupa, y al otro no recuerdo, Toro, Cuervo… no recuerdo exactamente, creo que era un ave o un animal. Cuando los mellizos cumplieron los doce años, Eusebio y Urbana fallecieron a causa de un extraño accidente; poseían un sulki que usaban para llegar al pueblo, nadie sabe qué ocurrió exactamente, algunos creen que el caballo se asustó y volcaron, otros comentan que algún otro vehículo los envistió; en definitiva, fallecieron los dos. —contó Rauli.
¿Qué ocurrió con los mellizos? Preguntó rápidamente El Hombre, impaciente, asombrado; parecía triste mientras le alcanzaba el mate a Rauli.
—Yo no recuerdo muy bien, sabe usted que tenía casi la misma edad que ellos en ese entonces, pero se dice que Lupa fue ayudado por una tía, o una señora amiga de la familia, no lo sé; la apodaban La Gringa, la gente dice que ella se hizo cargo del cuidado de Lupa, le enseñó algunas cosas que debía saber, se hizo cargo de la finanza de su familia —contestó Rauli.
—¿Y el otro? Preguntó más impaciente que nunca El Hombre.
—¿El otro hermano dice usted? Se comenta que a dos semanas de la muerte de sus padres tomó un tren y desapareció; algunos dicen que se dirigió a las ciudades, otros que encontró trabajo en el Norte, algunos explican que solo se esfumó, ¿vio cómo son los pueblos, no? —siguió Rauli.
Bien, entonces en ese momento Lupa quedó a cargo de su casa, de los animales y la quinta, y la gente cuenta, que La Gringa lo ayudaba.
—¿Están muy calientes? —preguntó Rauli.
—Más que la tarde no creo- —murmuró y sonrió El Hombre.
- Lupa padecía algún problema de maduración, de salud mental, o de como se llame hoy en día; con suerte o ayuda, solo terminó la primaria; luego fue víctima de lo que hoy se conoce como bullying. La gente, cuando digo la gente, me refiero a los de su edad, a mayores y menores, a todo el pueblo en realidad, se reían de él; incluso era normal que Lupa sea siempre el blanco de infinitas bromas y burlas en Foron.
Lupa tenía una imaginación increíble y un poder de exagerarlo todo, que era propio solo de él. Y ahí es cuando todo, todo, todo comenzó.
La gente lo veía y lo primero que hacía era contarle algo, cualquier cosa, cualquier estupidez, y solo bastaban un par de horas para que ese chisme que había entrado en sus oídos saliera por su boca y diseminado a medio Foron, pero fabulosamente magnificado.
Todos se divertían gracias a Lupa, él era uno de esos personajes queribles por todos, aunque a veces tuvo muchísimos problemas por culpa de su comportamiento, obvio, imagínese usted los revuelos que generaba en el pueblo.
A sus veinte picos de años, Lupa, que recién ahora adivino que fue galardonado con ese apodo, ya que agrandaba todo, empezó a convertirse en una especie de confesor o consejero, aunque personalmente creo que jamás dio un consejo; en realidad creo que solo escuchaba. —continuó Rauli—.
—¿Confesor?, ¿consejero? —preguntó El Hombre.

Sí, sí, la gente lo encontraba en la plaza o en la calle, por ejemplo, y se quedaba hablando con él por varios minutos. En realidad, Lupa casi nunca hablaba, pero la gente se sacaba, no sé, un peso de encima quizás, relatando su historia.
—¡Qué increíble, che!, ¡jamás escuché un caso similar! —exclamó El Hombre sorprendido. Y añadió: ¿Cómo nos lleva eso al pueblo en ruinas? - —Espere, señor, espere. Respondió Rauli, y prosiguió.
El Hombre toma su cuarto o quinto mate y escucha a Rauli, concentradamente.
—Le quiero hacer una pregunta antes de seguir, señor, cuando se detuvo frente a la casona, ¿qué es lo que vio? Preguntó Rauli
—Pude observar esa casa vieja y destruida —respondió el Hombre.
—No, no, ¿qué más vio? ¿Nada le llamó la atención? Volvió a preguntar Rauli.
—Mmm, no lo sé, frente a la casona distinguí la plantación de soja tratando de sobrevivir, muy sufrida por la sequía; entiendo, por lo que escucho y por lo que sé como fumigador, que en esta zona está bastante difícil… —dijo El Hombre.
—Sí, sí, eso sí, pero ¿no vio usted a unos zorzales parados en el alambrado frente a la casona? —¿No le llamó la atención eso? —preguntó Rauli
—¿Zorzales? —Sinceramente, no, y… pero… de haberlos visto, cosa que no hice, ¿por qué deberían de llamarme la atención? —Titubeó El Hombre. —¿Acaso no son frecuentes en estos pagos? –
—Bueno, señor, no importa, luego le cuento, voy a seguir con Lupa. Como le decía, al cabo de unos meses Lupa ya era reconocido y utilizado como confesor por la mitad de Foron. Tal fue así que ahora lo visitaban en su casucha, donde cómodamente regalaba su tiempo solo para escuchar lo que le ofrecían en forma de palabras.
Los vecinos no sacaban turnos para sus visitas, solo se ordenaban y organizaban entre ellos. La muchedumbre fue creciendo día a día, semana a semana, mes a mes, para convertirse en lo que muchos llamaban "algo extraordinario; el mago, el hechicero, la escucha".
Los foronenses llegaban al lugar, permanecían unas dos o tres horas y salían con una sonrisa y una paz interior increíble. Nadie de nadie hasta el día de hoy reveló cuál era su secreto, o qué pasaba en esas paredes, o qué les decía o permitía descubrir o sentir Lupa.
Y así, vio usted, pasaron más y más meses, y todos los habitantes del pueblo ya habían concurrido a la gran y misteriosa cita. —continuó Rauli.
Debajo de las hojas cansadas y sedientas de los sauces pasaba la vida, pasaba tan lentamente como el agua que iba escaseando cada vez más de aquella pava de chapa de acero y estaño.
¿Y entonces? ¿Qué pasó luego? —preguntó el hombre mientras apagaba en la tierra dura y seca, con su zapato de cuero marrón, su tercer cigarrillo.
—Bueno, ahora viene lo más extraordinario. Ya le comenté hace un rato que este era un pueblo donde nada prosperaba, donde no existían fábricas, ni diversión, ni nada, y creo que la primera visionaria fue la prima de mi tía, la Angelita. La viuda compró, con los tantos dólares que tenía guardados debajo del colchón, el terreno que lindaba con la casona de Lupa, construyó un kiosco, almacén, y la gente dice que al cabo de dos horas, ¡sí! ¡Dos horas! La inversión ya se había pagado sola.
Luego empezaron a concurrir personas de pueblos vecinos, y la gente desfilaba, desfilaba de manera continua y permanente, no solo frente a la casa de Lupa, sino por el pueblo. Las primeras personas de las ciudades más cercanas también concurrían. Ya sabe usted, eso significó la creación de cientos de puestos de trabajo, por ejemplo, esta estación de servicio donde estamos justo ahora, nuevos comercios, un nuevo hospital e incluso un banco
Se rumorea… Vio cómo son los pueblos, ¿no? Que el encantador de leones de un circo francés, que estaba instalado en el pueblo, visitó a Lupa. ¡Incluso se dice que entró con una de sus fieras!
El Hombre lo interrumpió apresuradamente: ¿Me está jodiendo? ¿Y qué hacía Lupa con lo que la gente le pagaba? -.
—¡Ma qué pagar! ¡Lupa jamás recibió un centavo! Se rumorea que La Gringa se hacía cargo de las donaciones, los regalos y todo lo que recibía por parte de la gente. ¿Pero cobrar?, ¡hombre! ¡Lupa jamás cobró! Cuentan que La Gringa juntaba la plata, o cosas que recibía, y las instalaba en casa de Lupa, o las vendía quizás y lo abastecía con lo que le hacía falta. Si usted hubiera visto cómo murió La Gringa, ¡dios mío!, adivinaría que nunca se quedó con un peso que no fuera de ella…
Se lo voy a contar en voz baja, puede que alguien nos escuche… ¡Una tardecita de otoño vieron al Cura salir de la casa de Lupa! ¡Dicen que salió camuflándose entre los eucaliptos, la soja y la sotana! Qué increíble, ¿no? ¡Un confesor siendo confesado! Contó Rauli.
—¿Y qué es lo que ocurría en esas citas? —¿De qué se trataba todo eso? — preguntó sorprendido El Hombre.
—¿Le digo la verdad? Qué sé yo… Lo poco que algunos soltaron es que Lupa siempre tenía un cuadernillo de anotaciones a su lado. La gente tomaba asiento, contaba sus historias, confesiones, anécdotas, pecados, sueños, metas, ni idea… y Lupa hacía muy pocas preguntas; dicen que preguntaba si era realmente necesario; si no, no. Luego realizaba algunas pequeñas anotaciones. Solo eso sé. Solo eso se sabe.
Una noche vieron salir de la casucha al único preso que en ese entonces poseía Foron. Mi cuñada, La Rosita, jura que lo vio entrar al pueblo, con cara de arrepentido y con una lágrima en su mejilla.
La Elvira también fue. Era la vieja de los gatos. Se cuenta que únicamente fue a confesar un crimen, bueno… varios crímenes en realidad. Uno de sus gatos había rasguñado el ojo derecho de la anciana y esta, al no poder identificar al agresor, fue asesinando a cada uno de ellos. Mató salvajemente a ciento dos de ellos. Perdón, no, estoy exagerando, en realidad eran noventa y nueve.
¡La Muda también asistió, sí! ¡Carmen! ¡La muda! ¡Una tarde de lluvia la vieron llegar! Aunque nunca nadie comprendió cuál era su intención.
El Juan Carlos, jefe de bomberos, la Carmela, la vieja que hacía pastas caseras para vender, el Enrique el que junta lotería, ¡y tantos otros! —¡De toda condición y miseria! —continuó Rauli.
—¿Qué anotaba en el cuadernillo? ¿Alguna vez se supo? —preguntó El Hombre.
—Quién sabe… Mire, después de un tiempo recibiendo gente, Lupa se convirtió en escritor. Así que probablemente sus anotaciones lo llevaron a eso. Respondió Rauli-
El Hombre se rascó la nariz, no por picazón, sino para lograr entender lo que quería decir Rauli y volvió a preguntar mientras le alcanzaba el vigésimo tercer amargo a Rauli. —¿Cómo es eso?
—Bueno, simple, mi hijo, siempre se ha dicho que Lupa anotaba trocitos o ideas de las historias que se les confiaban, luego las volvía a leer y creaba cuentos a raíz de ellas, anónimas, por supuesto. La esencia de esos relatos no cambiaba; Lupa las creaba; recuerde que poseía el don de ampliar, crear y exagerar. Y, gracias a La gringa, y a una amiga de La Gringa que vivía en la ciudad, estos cuentos eran publicados. Explicó Rauli
El Hombre suspiró, sonrió y se tomó el mentón algo pensativo, organizando su próxima pregunta. – y los hoteles? ¿El restaurante? ¿Los zorzales? -,
—¡Claro! ¡Ahí vamos! ¡No crea que estoy exagerando, pero algunos dicen que hasta el mismísimo presidente acudió! Otros siguen comentando que han venido muchos políticos, figuras del deporte, ¡celebridades… hasta el jefe japonés asistió!
Y bueno. ¡Imagine cómo creció y prosperó Foron! Dos hoteles cinco estrellas a la par de la casona de Lupa, un restaurante con un chef italiano y otro chino, pileta de natación en el humilde club local, tiendas de las mejores marcas de ropa, entre miles de inversiones más.
A todo esto, ¡habían pasado ya quince años desde que la primera persona había salido de esa casucha, y Lupa ya había escrito dieciséis best sellers!
Y bueno, compañero, toda flor, todo fruto, un ave, toda vida, incluso hasta los recuerdos, y la prosperidad llega a su fin.
Lupa había enfermado, vio usted, esa enfermedad de miércoles. No lo merecía. Y comenzó a sentirse débil, comenzó otra vez a encerrarse en el mismo, a alejarse de

su vida. Pasaron los días y la gente ya no acudía a su casucha. Algunos dicen que ya no era el mismo, otros simplemente que no valía la pena. —continuó Rauli triste y moviendo su rostro como negando la situación.
—¿Y nadie lo ayudó? —preguntó exaltado y preocupado El Hombre.
-no lo sé, en esos años no existían tratamientos, creo, tampoco sé si él quería recibir ayuda. Lo cierto es que se nos fue, pobre alma, nuestro Lupa, que Dios lo tenga en la gloria. Respondió Rauli mirando al cielo. —Cuentan que sus últimas tres semanas de vida solamente caminaba para ir de la cama al baño, del baño a la cocina, y vuelta a la cama. Incluso había instalado su cama en el living, donde acobijó a tantas de miles de miles de personas. Siempre se narró que lo que más deseaba en esos últimos años de su vida era ser escuchado. A veces, cuando la gente pasaba frente a su casa, se escuchaban los alaridos llamando a la Urbana, a el Eusebio, al Cuervo o al Toro, su hermano. Dicen que eran gritos desgarradores.
Hay quienes comentan, hasta el día de hoy, que esas últimas semanas solo recibía la visita de dos zorzales. Uno macho y el otro hembra, como si fueran una pareja. Se acercaban en sus aleteos antes del alba, se detenían frente a la puerta siempre abierta de par en par, y cantaban, cantaban y cantaban de una forma peculiar, un canto adolorido, frío y melancólico. Volvían antes de la huida del sol, otra vez agitando sus plumas, a desear las buenas noches quizás, no lo sé, nadie lo sabe, y otra vez regalaban a Lupa sus trinos.
Hoy apenas llegó usted, le pregunté si había visto los zorzales; bueno, son tres, ¿casualidad? Quién sabe... juntos en su vuelo se los suele ver, sobre los ladrillos de lo que quedó de la casucha, sobre los alambrados, sobre el molino caído y destrozado, sobre el silo desplomado, alrededor del canal buscando agua. —Contó Rauli.
—Espéreme cinco minutitos, amigo, necesito ir al baño. Ya faltan diez minutitos para poder ayudarlo. —Rauli agregó, sintiéndose más triste que en cualquier momento de la tarde.
El Hombre quedó inmóvil, triste; ni siquiera observó a Rauli abandonar su silla y caminar hacia los baños mientras se levantaba algo torpe su cinturón.
Cuando Rauli volvió, oyó un ruido estremecedor, y al observar las dos sillas vacías, no demoró en notar que eran las cubiertas de la camioneta blanca que huían del lugar despavoridamente.
La tierra en el aire, volando como esa historia recién contada, ahora lo envolvía todo.
Rauli se sentía confundido, y entre la polvareda no dejaba de pensar en Lupa, en lo poco que fue valorado y en lo mucho que le debían.
Ahora la tierra se esfumó, dejando al descubierto y a la vista un sombrero de cuero marrón y cinco o seis papelitos al costado del camino, entre los cardos florecidos, que supuestamente pertenecían al Hombre.
Rauli se aproximó paso a paso, inquieto y pensativo, mientras observaba cómo la camioneta estaba por llegar a la casa que fue una vez el comienzo de toda felicidad para los forenses.
Levanta el sombrero y recoge uno de esos papelitos. Se dio cuenta velozmente de que eran una especie de anuncio o propaganda. Levanta la cabeza y, al observar al vehículo que se dirigía a toda velocidad, nota que se había detenido frente a lo que quedaba de la casucha.
Rauli escucha un estruendo aterrador que provenía desde el vehículo. Varios zorzales, y cientos de jilgueros y gorriones, saltan despavoridos, atemorizados de los pocos eucaliptos y se pierden en el cielo azul. Era el sonido aterrador e inigualable de una escopeta de doble caño, pensó Rauli, con el alma desbordada.
Rauli contempla el papel que tenía en su mano. Siempre lo sospechó, desde el momento en que notó cómo el rostro de El Hombre se iba desdibujando a medida que la historia continuaba.
En el papel se podía distinguir una avioneta en la parte superior; debajo de ese dibujo se alcanza a leer "Fraile Pintado, Jujuy". Más abajo aún se distingue un número telefónico y finalmente las inscripciones "Fumigaciones El Cuervo".
Aun hoy, si se circula por ese acceso, se pueden notar vestigios de esta historia. Algunas cosas cambiaron totalmente: los restos de los hoteles y los sedimentos del restaurante se han convertido en plantación de soja, la casucha abandonada se convirtió ahora en la nada misma, en pequeño terreno repleto de antiguos ladrillos desparramados, algunos árboles y un alambrado oxidado frente al camino.
Hay una cosa que solo sufrió una imperceptible transformación.
Hoy en día, se pueden distinguir los zorzales merodeando el área donde estaba ubicada la casa de Lupa, pero, si se sabe observar, ahora son cuatro.
La gente comenta, como lo ha hecho siempre, que, si uno realmente sabe contemplar, no es difícil notar que de los cuatro zorzales hay uno que es el más pequeño, que salta de rama en rama, y se mantiene inmóvil, pensativo, escuchando al ave que esté a su lado, ya sea otro zorzal, un pájaro carpintero, un tero o un búho.