La religión como trauma

poema de KAVIGA

No hay cielo ni infierno, no existe magia ni hechicería. A menudo me preguntan ¿porque le temo a los fantasmas o a la obscuridad? si es que no creo en los monstruos de debajo de la cama. Y no, no le temo a su “existencia” sino a lo que ellos representan, al miedo que me generaron cuando niña. A aquel momento, en el que sí, lo creía real, así como a la religión, de ese miedo irracional a un Dios junto a su dualidad disparatada, no es más que el recuerdo de lo que yo tomaba como cierto durante mi infancia…
Ese temor actual que parece inherente a mi ser, que ahora sé, es producto de los rezos y canticos en la iglesia, a las lecciones de religión en la escuela, a los 15 años de adoctrinamiento por mi madre, a los inexorables sermones de los domingos de misa. También de aquellos hermosos días en la catequesis y la irrepetible sensación cuando estaba en el coro de la iglesia, a mi vestido blanco e impoluto del día de mi bautizo, acompañado de una guirnalda inmaculada sobre mi cabeza, al rosario de plata que me dio mi hermana, donde sólo una vez y nunca más, viví una experiencia religiosa, aquella que me hacía sentir los pies por encima de la tierra y a la creencia categórica del cielo y el averno, inocencia le llaman…
Esas buenas memorias vienen unidas y terriblemente enlazadas a ese temor a lo sobrenatural; por ello para mí, la religión es como una especie de trauma de la infancia, con secuelas que convergen en lo que hoy soy, en quien me convertí.
¡Sin embargo, cómo disfruto de las historias de terror y lo desconocido, de la monstruosidad del Universo, oh si lo disfruto…! la fantasía de lo que ello representa y hasta el miedo genuino que aún me genera. Así no pueda dormir por las noches o despierte entre pesadillas, la imaginación que despierta en mi cada historia, hace que disfrute de cada experiencia mórbida, que sólo yo puedo entender y extrañamente lo agradezco.
Un extraño placer en mi piel escarapelada, junto a la sensación de no estar sola, a ese miedo infundado que hace que me pegue a la pared si oigo un ruido extraño, al repentino descenso de mi temperatura al caer una noche lóbrega, así es cuando veo por los ojos de los personajes en cada capítulo de mi libro de turno. Oír una buena historia, es como vivir otra vida, sentir sus emociones como propias y hacer mías sus experiencias, es un extraño placer…
Hoy no le rezo ni a los santos ni a los dioses, no suelo torturarme en largas procesiones de sorna y susurros, las velas las uso nada más que para adornar mi habitación en una noche de luna llena, mientras escucho a Debussy, recostada en algún rincón cercano a la ventana, perdiendo la noción del tiempo y del espacio, divagando sobre cualquier cosa por cada recoveco de mi mente fragmentada, olvidando incluso la existencia de alguna de mis extremidades. No padezco de crisis existenciales si debo entrar a una iglesia, ya sea para asistir al bautizo de uno de mis sobrinos o al matrimonio de una amiga.
Una vez escuche algo muy gracioso pero que calo muy hondo en mis pensamientos, quedándose impreso en mi memoria, lo que no recuerdo de si en una película o una serie, pero una persona le preguntaba a otra - ¿de qué religión eres? - “soy agnóstico” – Ah, o sea que quieres creer, pero no puedes. Recuerdo haber estallado en risa, pero luego solo hubo un silencio de cementerio y caí en cuenta que dejando de lado lo cómico, algo de verdad había. Solo para darme cuenta que, incluso si así yo lo quisiera o por mucho que me esforzara, jamás volvería a profesar una fe o a experimentar esa sensación, intentar hacerlo sería como querer viajar en el tiempo o volver a nacer, nunca se podría echar atrás. Luego me dije a mi misma “pero tú ya no quieres eso”, entonces entendí también, que aquellos años fueron una etapa a veces con consecuencias nefastas, pero necesarias, debían sucederse así y no de otra manera y estaba bien, todo estaba bien así.
Ese contraste me permitió meditar a diario en mi vida y esa transición me enseñó a entender, aceptar y tolerar la diversidad. A tolerar incluso a veces la misma intolerancia y cuando no podía hacerlo, simplemente estallaba en palabras sin filtro, cargada de sinceridad y a veces rudeza, esa misma que hace que a veces alguien me guarde cierta distancia o reserva y de igual forma está bien, todo está bien así.
KAVIGA
31/10/20

Comentarios & Opiniones

Angelo Alex.

Ciertamente las iglesias crean
Muchos candados dónde no deben de ir y producen falsas creencias y traumas como dices.
Y como dice la biblia producen malos frutos pero la gente es libre de creer y la evolución es más importante para sobrevivir...

Critica: 
Angelo Alex.

Por eso podemos cambiar nuestras apreciaciones cuando ya tomamos conciencia no solo de las religiones sino de nosotros mismos,,este escrito esta muy reflexivo y profundo
Te envío felicitaciones

Critica: