LA APUESTA (cuento)

poema de Jorge Loyola

LA APUESTA

Las palabras de mi primo tito me agarraron con la guardia baja, se estamparon en mi cara como cuando a un boxeador lo encuentran distraído; me aturdieron, me descolocaron; casi perdido por aquel golpe; mi reacción también fue como la del boxeador aturdido, me acomodé como pude y largue rápido una respuesta al aire sin pensar demasiado, solo como para frenar a mi oponente; así aquel duelo verbal que se había desatado en el galpón de la casa de mis abuelos, terminó de manera inesperada, en una apuesta que en ese momento no estaba seguro de poder ganar, de lo que sí estaba seguro era que tenía mucho para perder.

La Ruth
Una mata apretada de rulos colorados, una cara llena de pecas, y unos ojos azules que parecía que no estuviesen pegados al rostro, parecía como si siempre llegaran antes que el resto del cuerpo, porque era inevitable ver primero los ojos y después todo lo demás; un poco más alta que yo y un par de años más grande; la Ruth era mi vecina, mi compañera de juegos y aventuras inventadas entre las hileras de vid y durazneros del lote de mi casa y los do grandes olivos de la suya.
Su casa y la mía estaban pegadas, a los lotes solo los separaba una enredadera de rositas silvestres; en medio de aquel cerco de flores, nuestros padres habían dejado una abertura, una especie de puerta por donde se podía pasar libremente del patio de una casa, al patio de la otra; así que nos juntábamos todos los días a jugar desde que éramos muy chiquitos, a veces en mi casa, donde éramos vaqueros o soldados, y otras en la de ella, donde los juegos eran otros, que se yo, no tan varoniles tal vez; éramos como hermanos…
El tiempo fue pasando; nos hicimos de otros amigos en el barrio, ella era uno más de la barrita de los pibes de la esquina; como nos gustaba decirnos; jugaba a la pelota mejor que alguno de nosotros; yo seguía yendo a su casa a hacer algunas cosas más de chicas, como decíamos los varones; juegos de mesa, tomar el té y leer revistas…
Toda la historia empezó la noche que le gané al Raúl (el pibe de la casa de la esquina) todas las figuritas que tenía, fue una noche memorable; me salieron todas bien, no levantamos la rodilla del suelo de la cochera de los Oldani (los padres del Raúl) por lo menos por una hora y media o dos; a él le juntaba las figuritas su hermano más chico; juntaba es una forma de decir ; esa noche no tuvo mucho trabajo el pibito; a mí me las juntaba la Rud que de vez en cuando me mostraba como iba creciendo la cantidad de figuritas que tenía en la mano, mientras el Raúl colorado como un tomate, se peleaba con su hermano que trataba de calmarlo y alentarlo. Pero no hubo caso; le gané doscientas figus…

Las doscientas que gané, más cincuenta que yo tenía; doscientas cincuenta figuritas redondas con la cara de los jugadores del mundial setenta y ocho. Con la Rud estábamos llenando el álbum y solo nos faltaba “Sepp Maier” el arquero de Alemania… la típica figurita difícil.
Hoy sería más sencillo conseguir la figurita difícil, lo publicarías en una red social en internét y en un rato aparecería alguien ofreciéndotela; en ese entonces la cosa era bastante más difícil, tenías que preguntar en la escuela o por el barrio si alguien la tenía, casi nunca la conseguías y el álbum quedaba sin completar y no te ganabas la pelota de cuero número cinco.
La cuestión es que yo me enteré donde había un chico que la tenía, el problema es que vivía un poco lejos; mi primo Eduardo conocía a un pibe que vivía cerca de su casa que tenía a Sepp Maier y lo cambiaba por doscientas figuritas.
Eran los últimos días de las vacaciones de verano, así que teníamos solo esa semana para conseguir la última, la más difícil de todas; después el viaje hasta el barrio UNIMEV (cuarenta y pico de cuadras) se nos iba a complicar y no podríamos conseguir la famosa estampa del alemán aquel.

VIAJE AL BARRIO UNIMEV

El viernes temprano, partimos rumbo al oeste por la Alberdi, cada uno con un bolsito con algo para comer y una gaseosa chica; yo además, en mi bolso llevaba las doscientas figuritas bien contadas y ordenadas; el plan era llegar a FGH (un famoso corralón de venta de materiales de construcción que ocupa toda una manzana. “Francisco García e Hijos”) esa era más o menos la mitad del camino, allí comíamos algo sentados en los escalones de la entrada vieja , y luego seguíamos hasta la casa de mi primo Eduardo y él nos llevaba hasta la casa del pibe que tenía a Sepp; después Eduardo se venía con nosotros y se quedaba hasta el domingo en la casa de mi abuela, que vivía cerca de mí casa, allí también vivían otros dos primos; la idea era que el sábado todos fuéramos a bañarnos al río…
Todo salió según lo planeado; caminamos más o menos una hora y media hasta FGH y una hora más hasta la casa de mi primo Eduardo, había que hacer la transacción enseguida, porque teníamos que volvernos a casa a la hora de la siesta para llegar temprano. Mi primo nos llevó hasta la casa del pibe que tenía la figurita, me dolía la panza, por los nervios, el pibe salió, serio, como el importante negocio lo requería, saqué de mi bolso el pago convenido y se lo di. El momento que el pibe después de contar las figuritas, entró en su casa a buscar la del arquero alemán, fue tremendo; me pareció que se demoraba horas en volver, y cuando me la dio… me temblaban las manos, no podía creer que tenía la difícil, miraba la foto del tipo; rubio, pelo algo largo medio despeinado, camiseta verde, sonriendo y abajo el nombre; lo leí como diez veces “S E P P
M A I E R”.
En el camino de regreso nos parábamos a cada rato a mirar la fotito redonda de cartón, la tratábamos como si fuera de cristal, la poníamos sobre la palma de la mano, la contemplábamos un ratito y después con mucho cuidado yo me la guardaba en el bolsillo chiquito de mi camisa, tocaba el bolsillo para asegurarme que la figurita estaba bien segura y seguíamos.
Cuando llegamos, la Rud se quedó en su casa y yo seguí con Eduardo hasta la casa de mi abuela; quería mostrarle a mis primos la famosa figu y de paso organizar el viaje al río para el día siguiente

Mis primos me felicitaban por la adquisición y querían tenerla un ratito cada uno; de repente Tito el mayor de nosotros; me preguntó _ ¿y tu amiga? ¿Por qué no la trajiste?
_las preguntas ya me parecieron raras, pero lo que me dijo después me descolocó del todo.
_Che, está re linda la Rud esa; haceme gancho con ella.
_no sabía que decirle, era la primera vez que sentía eso, se me hizo un nudo en el estómago, yo sentía que la Rud era mía y que mi primo, que encima era de su misma edad, me dijera esas cosas con esa cara que puso cuando hablaba, me hizo sentir como amenazado o que se yo; la cosa es que le respondí lo primero que se me ocurrió.
_Estás loco vos, que te voy a hacer gancho si la Rud es mi novia.
_Todos se miraron y me miraron a mí y se largaron a reír
_callate, que va a ser tu novia la Rud _dijo Tito, juntando los dedos de las manos en señal de que no me creía nada; yo ya no podía retroceder así que hice mi apuesta rápido.
_que no; te apuesto que mañana, cuando vallamos al río le doy un beso…
_Dale apostemos; pero algo que valga mucho _ dijo Tito; no me vi venir lo que seguía.
_Si no la besas nos quedamos con Sepp._sentí como si me hubiesen pegado una piña en el estómago; pero seguí peleándola creo que para tratar de ganar tiempo y buscar una salida digna de todo este lío en que me estaba metiendo.
_Bueno pero ustedes ¿que apuestan? _dije esto pensando que no tenían nada tan valioso como Sepp y ahí se terminaría la apuesta.
_Te quedás para siempre con el velero _Dijo Eduardo. El velero era un barquito precioso que nos habíamos ganado en una quermes y que lo teníamos una semana cada uno, entonces para tenerlo había que esperar a veces hasta un mes. La apuesta era justa y nos dimos la mano mientras me dolía cada vez más el estómago

INSOMNIO

Aquella noche casi no dormí; pensando en las salidas que tenía de aquel berenjenal en el que me había metido. Hacerme el enfermo no funcionaría, mis primos se darían cuenta y se declararían ganadores de la apuesta; si amaneciera lloviendo mucho y corriera un viento helado, o si la Ruth se enfermara y no pudiera ir…; daba vueltas en la cama o me quedaba mirando el techo, apenas iluminado por la luz de la luna que entraba por la ventana, lo que me estaba tirando abajo la chance de la lluvia torrencial y el viento helado.
Me levanté y efectivamente, el sol brillaba como nunca, no corría ni una brisa, el día estaba bárbaro para ir al río; no quería desearle nada malo a la Ruth, pero esperaba sinceramente que en ese momento sus padres estuvieran llamando a un doctor para que viniera a ver porque su hija no podía moverse.
No había terminado de borrar semejante pensamiento trágico, para cambiarlo por otro más liviano pero que igual sirviera, como unas anginas, o un brote de varicela, cuando la chance de la indisposición de la Rud también se cayó de un golpe; por la entrada del cerco venía entrando mi vecina, más saludable que nunca.
Me quise esconder, el solo hecho de mirarla me hacía recordar la apuesta; si esa tarde no le daba un beso iba a perder a sepp, que por cierto también le pertenecía a ella porque en lo del álbum éramos socios; y si le daba un beso medio forzado, solo para ganar una apuesta seguro que la perdía a ella. La escuché entrar y mi vieja apenas entró le dijo que yo estaba en mi dormitorio, entró con el entusiasmo de siempre, hablando de lo bueno que estaba el día para ir al río, que había que llevar algunas frutas para el viaje, que saliéramos temprano para aprovechar bien el calor de la siesta, que nos fuéramos derecho por la calle Chubut… yo, ni una palabra, solo pensaba como le daba un beso sin que me diera un mamporro y me hiciera pasar la vergüenza del siglo. Me veía sentado de culo, en la arena mientras la Rud me puteaba y mis primos alrededor se morían de la risa.
Tenía que decirle lo de la apuesta, pero como, tendría que contarle que le había dicho a mis primos que ella era mi novia y que había apostado que esa tarde en el río le iba a dar daba un beso ; mientras yo pensaba ella no para de hablar; de repente se quedó en silencio, y yo dejé de pensar y la miré, ella me miraba como a un bicho raro con ojos extrañados y medio enojada_¿ a vos que te pasa? _preguntó _desde que llegué no me das bola , no hablas, ni me escuchas. _nada, nada_ le contesté _por que no vas para tu casa y preparas las cosas que vas a llevar esta tarde , yo te paso a buscar después de comer; ella no dijo ni una palabra, sus ojos azules que como siempre salían de su rostro, esta vez se metieron en mis ojos de pibe asustado, sentí como si se metieran para adentro, su cara blanca llena de pecas se puso de un color rojo intenso , abrió la boca como para decir algo pero la rabia no la dejó decir nada , se dio media vuelta y salió caminando rápido de mi cuarto.
-Ahora sí que se pudrió todo-pensé; en lugar de arreglar las cosas, acababa de echarle una camionada de tierra encima.

Las caminatas hasta el río son el recuerdo más hermoso de mi infancia de pibe callejero; esas siestas de sábado o de domingo de verano, con un sol que partía la tierra, una gorra unos pantalones cortos y una remera que apenas te alejabas de la casa te sacabas y te colgabas en la cintura; las madres siempre nos decían “no te saques la remera que el sol te quema el lomo y después te pelas todo” pero todos los veranos de mi infancia los pasé con el “lomo” pelado
Las primeras quemadas ardían un poco y había que recurrir a cremas o al refrescar la piel con jugo de tomate.
Aquellas aventuras comenzaban apenas después del almuerzo, y terminaban cuando el sol comenzaba a acercarse a las copas de los árboles más altos en el oeste.
AL RÍO

Aquella tarde, mientras caminábamos hacia la casa de mis abuelos a buscar a mis primos; después de haber andado en silencio durante un par de cuadras, mientras atravesábamos el baldío donde estaba la canchita de fútbol, respiré profundo como para tomar impulso y hablé sin mirarla _le aposté a mis primos que esta tarde te daba un beso. _Se detuvo en seco, yo di un par de pasos como para alejarme , no me animaba a darme vuelta para mirarla; podía sentir los ojos azules casi golpeándome la nuca, ella no habló, yo como para explicarle un poco más le dije _les dije que eras mi novia .
_entonces fue ella la que se adelantó y sin mirarme dijo
_ sos un boludo vos; ¿y qué apostaste?
_a Sepp Maier
_se dio vuelta un momento, solo para mirarme a los ojos, con una cara que solo le había visto un par de veces, una expresión que te decía con furia y tristeza que eras el tipo más boludo de todo el mundo. Seguimos caminando así, ella dos pasos más adelante y en silencio, hasta que llegamos a la esquina donde nos esperaban mis primos.
Ahí estaban; los tres sentados en el piso; a la sombra de un árbol, recostados contra el gran tronco, casi echados; nos vieron llegar y de lejos ya les veía la sonrisa casi burlona en sus rostros; parecían tres hienas sonrientes esperando al pequeño y boludón cachorro para comérselo crudo. Nadie dijo una palabra de la apuesta; Héctor, el más chico de todos quiso decir algo pero Tito lo frenó en seco, cuando se iba parando, le tiró la remera y lo volvió a sentar. Vamos dijo tito y partimos rumbo a mi calvario.
La caminata fue como todas; cuando nos alejamos de las casas y comenzamos a caminar por la calle de tierra donde empiezan las fincas, tito sacó tres cigarrillos que le había sacado del delantal a mi abuela mientras ella dormía la siesta, solo encendimos uno lo fuimos fumando por turnos; uno piteaba mientras los otros tres, gomera en mano, apedreaban a todo objeto animado o inanimado que tuviese la mala suerte de llamarnos la atención; aves, de todos los tamaños, incluyendo gallinas que anduvieran sueltas por la orilla del camino, perros, caballos , vacas, botellas, tarros; la Ruth se mantenía al margen de aquella actividad, solo fumaba alguna vez si le insistíamos un poco, ella solo caminaba y se reía de nuestras vandálicas actividades, creo que ya no le divertía tanto nuestra compañía, ella era la mayor y las chicas a esa edad comienzan a madurar, mientras los varones seguimos con nuestra boludez por unos años más, y esa tarde sobre todo ella caminaba callada, casi ausente. Incluso cuando llegamos al río mientras nosotros jugábamos y gritábamos y nos tirábamos al remanso, ella solo se sentó en la arena de la orilla, le pidió uno de los cigarrillos a Tito y se lo fumó sola. Todos le pedían que tirara al agua, yo no, yo quería verla así, sentada en la arena de la costa, fumando, con la vista perdida en el agua del río.

Por un momento pensé que todo lo de la apuesta había quedado olvidado, como para mantener las cosas así cuando salimos del río hice una especie de pelota con un par de remeras y grité _juguemos unos penales_ pero se había hecho un silencio que anunciaba lo que se venía; primero miré a la Ruth que se estaba parando y me miraba como diciendo, “llegó tu hora”, después me volví para mirar a mis primos, estaban parados un al lado del otro; un tribunal de justicia; Tito codeo a su hermano que sonrió como que había estado esperando este momento, Héctor se adelantó un paso y solo dijo _y; dale, ahora _se me hizo un nudo en el estómago, camine mirando a la Ruth como implorándole que me diera un beso y no me pegara un mamporro, cuando estuve frente a ella solo veía sus ojos azules que me miraban y entonces sentí que sus manos me tomaban la cabeza, con suavidad ; pensé que se venía un cabezazo u un rodillazo en mis partes más sensibles; entonces cerré los ojos y me entregué a lo que fuera.
Nunca más volví a sentir eso que sentí cuando sus labios tocaron los míos; después su lengua chocó contra mis dientes de pendejo inexperto y empujo hasta que abrí un poco la boca y toqué su lengua con la mía; no sé cuánto duró aquel beso, pero vi toda mi corta vida junto a aquella piba con la que tal vez nunca antes había soñado, pero que desde aquel día me ha visitado miles de noches y vuelvo a sentir su beso tibio de primer amor.
Cuando volví a la realidad mis primos estaban callados, con cara de asombro, hubo un silenció y después todos gritaron y me abrazaron mientras la Ruth se tiraba al remanso, los pibes jugaban unos penales con la pelota de remeras y yo; yo me senté en la arena de la costa a fumarme el último cigarrillo con la vista perdida en el agua del río.

Comentarios & Opiniones

Xio

Hay mi madre!!!!Da gusto encontrarse con una obra tan bien narrada, esa introducción, esa participación de los personajes que poco a poco se van convirtiendo en allegados, esa descripción de los espacios, los lugares, cada momento se va enlazando de

Critica: 
Xio

forma magistral y llega ese nudo, esa tensión tan maravillosamente llevada que a mí me atrapa, desde la primeras palabras siento la seguridad de una lectura amena,fluida, divina; que decir Jorge, me ha encantado este cuento con ese final de telón,

Critica: 
Xio

muchas gracias amigo mío por compartir ese genial talento de escritor que tienes, un abrazo mi querido gaucho, feliz tarde.

Critica: 
Jorge Loyola

Genia querida, gracias por tu amabilidad; disfruto mucho escribiendo, sobre todo cuando describo parte de mi infancia; si bien la historia en sí es un tanto ficticia todos los personajes y los personajes y lugares son mi historia.
los viajes al río

Critica: 
Jorge Loyola

caminando al rayo del sol, fumando los cigarrillos robados a mi abuela ja, tirándole piedras a lo que se pusiera por delante;una infancia muy feliz.
un gran abrazo amiga.

Critica: 
Park Guis

Genial , un gusto leerte y disfrutar tu contenido. espero compartir mas poemas contigo.

Critica: 
Jorge Loyola

Muchas gracias Park Guis, me alegro que te haya gustado.
Abrazo bienvenida

Critica: 
Xio

Si me lleve con la lectura esa impresión de que muchos momentos y hechos eran reales, fue como revivir aquellas aventuras de niño atrevido, fue realmente un gusto de lectura, un abrazo gaucho.

Critica: 

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